Sigo extrañando a la persona que me rompió el corazón. Y decirlo en voz alta todavía me da un poco de vergüenza.
Porque, en teoría, ya debería haber pasado. Porque el mundo espera que una supere, archive, aprenda la lección y siga. Porque desde afuera parece que ya está todo resuelto. Pero no.
Extraño sin querer volver. Extraño sin idealizar del todo. Extraño incluso sabiendo que dolió, que no funcionó, que me dejó heridas que todavía estoy entendiendo. Hay días en los que el recuerdo aparece sin aviso. No como un drama, no como un llanto. A veces es solo una sensación suave, persistente, como una canción que sigue sonando bajito en el fondo.
Extraño lo que fue, pero también lo que no llegó a ser. Las versiones de nosotros que imaginé. Las conversaciones que nunca tuvimos. Las disculpas que no llegaron o que llegaron tarde.
Y lo más desconcertante es esto: puedo estar bien y extrañar al mismo tiempo. Puedo reírme, trabajar, crear, planear el futuro… y aun así sentir un nudo cuando algo me lo recuerda. Un olor, una frase, una forma de decir mi nombre.
Antes pensaba que extrañar era retroceder. Hoy entiendo que es una forma de duelo que no siempre pide cierre, solo reconocimiento.
No todo amor que se extraña quiere volver. No todo dolor pendiente significa que fallé en sanar.
Hay vínculos que no se olvidan porque nos transformaron. Porque marcaron un antes y un después. Porque nos obligaron a crecer, aunque el precio haya sido alto.
Así que sí, sigo adelante. Sigo construyendo. Sigo eligiéndome. Pero también sigo extrañando.
Y no voy a apurarme a dejar de sentir solo para cumplir con una expectativa ajena. Tal vez sanar no sea borrar a alguien del corazón, sino aprender a convivir con su ausencia sin que duela todos los días.