Existe una forma del silencio que no es ausencia, sino ruido.
Un murmullo constante, como una radio mal sintonizada en el pecho. No se apaga nunca. Está ahí, incluso cuando sonrío, incluso cuando logro distraerme un rato. Siempre vuelve.
Te extraño así. Como algo que no irrumpe, pero tampoco se va.
A veces pienso que lo más triste no es que no estés, sino la espera. Ese gesto casi automático de mirar el celular, como si en cualquier momento fueras a aparecer. Como si hubiera todavía una parte de la historia que no leímos. Pero el mensaje no llega. Y en esa ausencia se arma todo un diálogo imaginario que nunca sucede.
Es raro cómo el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Porque hay días en los que sé, con claridad, que no vas a volver. Que no hay nada más. Y sin embargo, el pecho insiste. Late distinto. Se contrae un poco más. Como si guardara una esperanza que yo ya no puedo sostener.
Extrañar es eso: un ruido de fondo que no pide permiso, una tristeza suave pero persistente,
una forma de seguir hablando con alguien que ya no está.
Y lo más difícil no es dejar de escucharlo…
es aprender a vivir con ese sonido sin que me rompa.
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