A veces el amor no es lo que vivimos, sino lo que seguimos imaginando.
Hay noches en las que cierro los ojos y te veo llegando.
No como antes. No a medias, no con dudas, no con ese miedo que siempre se nos metía en el medio. Te veo distinto. Seguro. Decidido. Como si finalmente hubieras entendido algo que yo vengo sintiendo hace tanto.
En esa escena no hay explicaciones largas. No hacen falta. Solo estás vos, mirándome como si esta vez no hubiera lugar para irse, y diciendo, casi en un susurro, que ahora sí. Que ahora sí querés.
Y entonces todo se acomoda. El tiempo deja de doler, la espera encuentra sentido, y este amor —que tantas veces quedó suspendido—por fin toca el suelo.
Pero abro los ojos. Y la realidad es otra. No hay pasos acercándose, no hay certezas, no hay un “ahora sí” que llegue a salvar todo lo que quedó inconcluso. Y sin embargo, te sigo extrañando.
Como se extraña algo que no fue del todo, pero que se sintió demasiado. Te extraño en las cosas simples, en los momentos que imagino sin darme cuenta, en las versiones de nosotros que solo existen en mi cabeza pero que, de alguna manera, se sienten reales.
Porque lo que yo quiero no es solo volver a verte. Es que me elijas. Que un día, entre todas las posibilidades que tiene tu vida, decidas que soy yo.
Sin miedo. Sin excusas. Sin tiempos que no coinciden.
Es un deseo silencioso, de esos que no se dicen en voz alta porque pesan demasiado. Pero vive en mí.
Como una historia que todavía no empezó, pero que insiste en existir.
Y a veces me pregunto si hay amores que están destinados a quedarse en ese lugar: en el de lo que podría haber sido, en el de las puertas que nunca se terminan de abrir, en el de la espera que no tiene final.
O si, en algún momento,vas a aparecer y esta vez sí.