jueves, 2 de abril de 2026

¿Nuestro?

A veces los lugares no son lugares. Son recuerdos que siguen respirando.

Vine a esta ciudad que tanto amo, mi lugar en el mundo, y sin embargo hoy se siente distinto. No porque haya cambiado —las calles siguen siendo las mismas, el aire tiene ese olor que reconozco con los ojos cerrados— sino porque falta algo. O alguien.

Hace poco más de dos semanas estabas acá. En esta misma cocina, apoyado contra la mesada, compartiendo una birra como si el tiempo no hubiera pasado.

En esta misma cama, donde los abrazos parecían alcanzar.

Y ahora estoy sola. Y no es una soledad dramática, de esas que rompen. Es otra cosa. Es más silenciosa. Más sutil. Como un eco.

Miro los espacios y no puedo evitar superponer escenas: lo que es y lo que fue hace tan poco. Como si el presente todavía no terminara de imponerse. Como si todo siguiera un poco impregnado de vos.

Es raro cómo funciona esto.

Cómo alguien puede irse y, sin embargo, quedarse en los rincones. En los objetos. En los gestos que ya no están pasando pero que mi cuerpo recuerda igual.

Hay algo triste en eso, sí. Pero también algo profundamente vivo.

Porque quiere decir que fue real. Que lo que pasó dejó marca. Y aunque hoy estos espacios me pesen un poco, sé que también son míos. Que antes de vos ya me abrazaban, y que de a poco van a volver a hacerlo sin doler.

Mientras tanto, camino despacio. Como quien aprende a habitar de nuevo un lugar que nunca dejó de ser suyo, pero que ahora tiene otra historia latiendo adentro.

martes, 31 de marzo de 2026

No sé que título va acá.

Hay ausencias que no son silencio. Son otra cosa.

Como una radio prendida en una frecuencia que no existe, donde no hay música ni voces, pero tampoco hay paz. Ese ruido blanco que no se apaga, que se mete en el fondo de todo lo que hacés. Así te extraño.

No es un extrañarte que interrumpe, que grita, que exige. Es más sutil. Más constante. Está cuando me cepillo los dientes, cuando camino sola, cuando alguien me habla y por un segundo me desconecto. Está incluso cuando creo que no.

Es raro, porque no te pienso todo el tiempo. Pero te siento. Como ese zumbido eléctrico que no sabés de dónde viene, pero sabés que está ahí.

Le decía a mi psicóloga que no es tristeza exactamente. Es una especie de incomodidad emocional. Como si algo en mí estuviera desintonizado desde que no estás. Como si hubiese perdido la estación correcta y ahora todo fuera interferencia.

Y lo más difícil no es el ruido. Es no poder apagarlo.

Porque apagarlo sería dejar de esperarte en algún rincón mínimo de mí. Y todavía no estoy lista para eso.

Entonces convivo con esta frecuencia fantasma, con esta presencia que no es presencia, con este vacío que hace ruido.

Y te extraño así: no como algo que falta, sino como algo que sigue estando, pero ya no llega.

domingo, 29 de marzo de 2026

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.”

La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ese instante sentí cómo algo de lo que era tan claro para mí, para él se volvía duda. Como si lo que yo sentía necesitara explicación, o peor, corrección.

Pero no. No era eso.

Porque si se tratara solo de ganas, la historia hubiera sido mucho más simple. Me hubiera quedado donde era fácil. Donde me querían bien, donde había cuidado, donde todo era correcto. Me hubiera quedado con esa persona que hacía todo lo que se supone que alguien tiene que hacer: estar, acompañar, elegir. Pero no pude.

Porque hay algo que no se puede forzar, ni construir a voluntad, ni inventar por conveniencia. Hay amores que simplemente no nacen, por más que todo alrededor esté dado para que sí. Y fingirlos… es una forma de traición demasiado silenciosa.

Así que me fui. Me fui de lo seguro, de lo posible, de lo que “debería haber sido”, porque no era verdad para mí. Porque el amor —el de verdad— no se sostiene con ganas. Se siente o no se siente.

Y lo que yo sentía… era por él.

Por eso duele tanto que lo haya reducido a eso. A una necesidad. A una especie de impulso vacío que podía haber llenado cualquiera.

No entendió que, justamente, si fuera tan fácil como amar a alguien, no estaría acá, sosteniendo esto que arde, que incomoda, que no siempre es correspondido… pero que es real.

Yo no tenía ganas de amar a alguien.

Yo lo amaba a él.

Y entonces lo extraño.

Hay días en los que todo pesa un poco más.

No pasa nada extraordinario: me levanto, hago lo que tengo que hacer, sigo. Pero en algún momento —siempre hay un momento— aparece su ausencia como un ruido de fondo que no puedo apagar. Como si el mundo siguiera girando igual, pero a mí me faltara una pieza.

Y entonces lo extraño.

Lo extraño en lo cotidiano, que es donde más duele. En las cosas que no se cuentan porque parecen mínimas: en una canción que sé que le gustaría, en un mensaje que no mando, en una risa que se queda a mitad de camino porque ya no tiene con quién compartirse. Lo extraño en lo simple, en lo que no se ve. A veces me pregunto si él también se siente triste por un mensaje mío que no llega.

Hay algo muy injusto en seguir con la vida cuando alguien te falta así. Como si el tiempo avanzara sin pedir permiso, obligándome a aprender a habitar un día a día donde él no está. Y no es que no pueda… es que no quiero acostumbrarme a eso.

Porque acostumbrarse sería, de alguna forma, soltarlo.

Y yo no quiero soltar lo que siento. No quiero que se vuelva pequeño, ni lejano, ni difuso. Aunque duela. Aunque a veces se haga cuesta arriba hasta lo más básico.

Extrañarlo también es una forma de tenerlo cerca. De sostener lo que fue, lo que es para mí, aunque no esté.

Pero hay días… como hoy… en los que pesa más.

Y lo único que quisiera es que, por un rato, el mundo se detenga lo suficiente como para que su ausencia no haga tanto ruido.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no era un “tal vez”. Era eso. Era él. Y era ahora.

Me subí a un colectivo con el corazón en la garganta, con las manos temblando y una valentía que hoy no sé de dónde saqué. Trescientos cuarenta y siete kilómetros no eran distancia cuando una cree que el amor lo justifica todo. Yo iba a decirle lo que sentía, a ponerlo todo sobre la mesa, a dejar de callarme. Iba a cambiar la historia.

Pero la historia no cambió.

Lo tomé por sorpresa. Él no me amaba. Tenía otros compromisos, otra vida, otros tiempos que no eran los míos. Y yo, que había viajado con el alma abierta, tuve que volver con las palabras todavía latiendo adentro.

Después la vida hizo lo suyo. Nos siguió cruzando, como si quisiera insistir con algo que nunca terminaba de suceder. Nos encontramos en momentos distintos, siempre a destiempo. Él con alguien. Yo intentando construir otra cosa. Yo casándome. Yo rompiéndome. Yo volviendo a empezar.

Y en cada uno de esos encuentros había algo intacto, algo que no se había movido nunca del todo. Pero tampoco alcanzaba. Nunca alcanzaba.

Hasta que hace unos días pasó.

Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, me dijo eso que hace años había ido a buscar en un colectivo: Que me amaba.

Y yo, que imaginé tantas veces ese momento, no supe qué hacer con él. ¿El amor, aunque llegue tarde, es lo mismo?. Porque decirlo no es lo mismo que elegirlo.

Porque yo, a los 18, crucé kilómetros por él. Y hoy entiendo que cada uno ama como puede, como sabe, como le nace. Yo fui impulso, fui certeza, fui ese viaje sin garantías. Él, en cambio, fue silencio, fue cautela, fue quedarse. No hay deuda en eso. No hay reproche. Solo dos maneras distintas de habitar lo mismo.

Pero a veces, incluso cuando el amor es real, no alcanza si no camina en la misma dirección. Y entonces entendí que hay amores que son enormes, pero no suficientes. Que pueden ser verdaderos, pero no valientes. Que pueden sentirse para siempre… y aún así no elegirse.

Y eso —más que todo lo demás— es lo que duele.

¿Nuestro?

A veces los lugares no son lugares. Son recuerdos que siguen respirando. Vine a esta ciudad que tanto amo, mi lugar en el mundo, y sin embar...