lunes, 7 de septiembre de 2026

Soy experta en complicarme la vida para demostrar que sé vivirla sencilla.
Puedo encontrarle tres vueltas a una pregunta y ninguna a una respuesta.
Tengo una mente tan abierta que a veces se me escapan algunas ideas.
Pienso demasiado para alguien que tantas veces actúa sin pensar. 
Y actúo demasiado para alguien que lleva media vida pensando. 
Tengo miedo a equivocarme y una colección bastante amplia de equivocaciones. 
No soy indecisa. Tengo demasiadas opiniones y ninguna mayoría absoluta. 
Puedo pasarme una hora buscando las palabras correctas y luego decir exactamente lo que no quería decir. Soy muy de decir "me da igual" cuando me importa demasiado.
Y muy de decir "no me importa" con la esperanza de que alguien se dé cuenta de que me importa.
Tengo una facilidad increíble para detectar mentiras, excepto las que me cuento yo. 
Sé leer entre líneas porque las líneas rectas nunca fueron lo mio. 
Me gustan las personas transparentes, aunque yo venga con subtítulos.
Soy bastante clara si sabes descifrar mis contradicciones. 
No doy señales mixtas. Doy señales perfectamente compatibles con mi caos. 
Puedo necesitar espacio y echar de menos que alguien lo ocupe. 
Puedo querer estar sola y sentirme sola estando rodeada. 
Me gusta la libertad, pero odio que alguien la use como excusa para irse.
No tengo miedo de perder a nadie. 
Tengo miedo de encontrar a alguien y que perderlo vuelva a enseñarme por qué tenia miedo. 
Tengo una relación complicada con el amor: quiero que me quieran sin condiciones, pero pongo condiciones para dejarme querer.
Quiero que me conozcan de verdad, pero cuando alguien se acerca demasiado empiezo a pensar que quizás era mejor que no supiera tanto.  Me gusta que me pregunten qué me pasa, pero detesto no saber qué contestar.  Quiero que me lean, pero escribo en un idioma que solo entiendo cuando estoy sola.
Soy un libro abierto con demasiadas páginas arrancadas. 
Y algunas las arranqué yo para que nadie pudiera decir que las había leído mal. 
Tengo el corazón bastante grande y la puerta bastante chiquita.  No porque no quiera dejar entrar a nadie. 
Porque una vez que entra alguien me cuesta muchísimo fingir que no vive ahí. 
Soy especialista en hacerme la fuerte justo cuando más necesito que alguien me diga que no hace falta. 
Y soy especialista en parecer fría cuando por dentro estoy a temperatura incendio. 
Tengo la sensibilidad de una herida y el sentido del humor de alguien que se acostumbró a tropezar con ella misma. 
Me río de muchas cosas porque algunas, si no las convierto en chiste, se convierten en peso. 
Tengo más ironía que paciencia y más paciencia de la que parece.
Puedo discutir conmigo misma y perder.  Lo peor es que después sigo enojada conmigo por haber ganado. 
Tengo un talento extraño para recordar exactamente eso que quería olvidar. Y para olvidar eso que necesitaba recordar. Mi memoria tiene mala memoria. 
Recuerda una mirada de hace años y olvida por qué entré a una habitación hace diez segundos. 
Guardo conversaciones que ya terminaron como quien guarda entradas de conciertos: no sirven para volver, pero demuestran que estuve ahí. 
Tengo canciones que no escucho. No porque no me gusten. Porque me conocen demasiado. 
Hay canciones que no ponen música. Ponen nombre. 
Y yo llevo años intentando encontrar qué canción explica este desastre sin admitir que quizá el desastre soy yo. Escribo porque hablar me parece demasiado fácil. Escribo para complicarlo. 
Convierto pensamientos en frases y frases en heridas y heridas en algo que, con un poco de suerte, alguien pueda leer sin saber que habla de mí. 
Me paso parte de la vida intentando enseñarle a la gente que no está rota. 
Y después llego a casa y me miro como si yo hubiera venido sin instrucciones. 
Se acompañar a otros incluso cuando no sé acompañarme.  Tengo respuestas para preguntas ajenas y preguntas para respuestas propias. 
Quizá por eso escribo. Porque cuando no sé qué hacer conmigo al menos sé que hacer con las palabras. 
Tengo una personalidad intensa. O eso dicen. 
Yo prefiero llamarlo tener el volumen demasiado alto en un mundo que insiste en escuchar en susurros. No sé hacer las cosas a medias. Puedo estar muy lejos o demasiado cerca. 
Muy dentro o haciendo como que no estoy. No sé nadar en la superficie. Me hundo hasta cuando estoy bien.  Tengo una facilidad absurda para convertir una conversación en una crisis existencial. 
Preguntame que quiero cenar, que puedo terminar cuestionándome qué quiero hacer con mi vida. 
No es que piense demasiado, es que mi cerebro cree que todo necesita una tesis doctoral. 
Tengo teorías para casi todo. Excepto para mi. A mi todavía me estoy investigando. 
Llevo años haciendo trabajo de campo y sigo sin publicar resultados. Soy contradictoria. 
Quiero estabilidad pero me aburro con lo estable.  Quiero aventuras pero necesito saber cómo terminan. Quiero sentirlo todo y luego me quejo de sentir demasiado. Quiero que la vida me sorprenda pero odio que no me avise.  Quiero cambiar pero echo de menos hasta las versiones de mi que juré que quería olvidar. 
Tengo nostalgia de cosas que mientras ocurrían ni siquiera sabía valorar.
Echo de menos personas que no quiero de vuelta. Y quiero de vuelta versiones de mi a las que tampoco quiero volver. 
No sé si eso es madurar o simplemente acumular contradicciones hasta que parezcan personalidad. 
Soy bastante buena perdiéndome. Lo difícil nunca ha sido encontrar el camino. 
Ha sido decidir cuál de todos quería seguir. Tengo brújula. 
El problema es que a veces señala hacia adentro. Y yo necesito instrucciones para llegar hasta mi. 
Puedo tenerlo todo en orden y seguir sintiendo que algo está fuera de sitio. Puedo estar rodeada de gente y sentir que me falta compañía.
Puedo estar sola y sentir que por fin estoy conmigo.  Quizá la soledad no sea estar sin nadie. Quizá sea estar con alguien y echar de menos poder ser vos mismo.
Yo, por las dudas, aprendí a hacerme compañía. No siempre me caigo bien. Pero nos conocemos demasiado como para fingir que somos desconocidas. Tengo defectos que conozco por su nombre. 
Virtudes que todavía me cuesta creer. Manías que defiendo como si fueran principios. Principios que rompo cuando tengo miedo. Y miedos que disfrazo de principios para no admitir que tengo miedo. Soy una persona bastante segura de todas las cosas que me hacen dudar. Bastante insegura de todas las cosas que sé hacer bien. 
La contradicción entre lo que sé y lo que me creo. Entre lo que quiero y lo que permito. Entre lo que digo y lo que espero que alguien entienda. 
Entre la persona que parezco y la que aparece cuando cierro la puerta. No soy difícil. Soy fácil de sentir y difícil de explicar. No soy fría. Tengo la calefacción emocional rota. No soy complicada. Tengo demasiadas piezas y ninguna viene con instrucciones. 
No soy imposible de querer. Solo soy muy fácil de perder si alguien confunde mi silencio con indiferencia. Y tampoco soy fuerte todo el tiempo. Solo tengo la mala costumbre de parecerlo justo cuando no toca. 
A veces soy mi mayor refugio. A veces, mi peor enemiga. A veces me doy paz. A veces me organizo una guerra civil por algo que pasó hace siete años. Pero sigo acá. Con mis contradicciones. Con mis manías. Con mis canciones. Con mis preguntas sin respuesta. Con mis respuestas que llegan tarde. Con mis ganas de huir y mis ganas de que alguien se quede. Con mi forma extraña de querer. Con mi forma todavía mas extraña de quererme. No sé exactamente quien soy. Pero sé una cosa: si algún día consigo entenderme del todo, probablemente voy a extrañar el misterio. Porque quizá ese sea mi mayor problema: que llevo toda la vida intentando encontrarme sin darme cuenta de que también me estaba construyendo. Y construir una persona es una obra bastante rara: un poco de ruinas, un poco de arquitectura, demasiados planos, alguna grieta estructural y ninguna fecha exacta de entrega. 
Tengo tachones. Notas al margen. Páginas escritas del revés. Capítulos que contradicen a otros capítulos. Y alguna que otra página en blanco que todavía no sé que carajo va a contar. 
Pero quizás no necesito entenderme. Quizás basta con seguir leyéndome. Porque algunas personas son fáciles de conocer. Yo prefiero ser de las que tardan. 
No por misterio. Por profundidad. O por defecto de fábrica. 
Todavía no lo decido.  

miércoles, 26 de agosto de 2026

No podíamos parar de hablar, 
y ahora no puedo parar de preguntarme que estás haciendo
y si en algún momento pensas en mi como yo en vos. 

Fuiste mi compañía, la risa, la rutina de esas que no pesan. 
Ahora, todo hace eco, suena más vacío por qué no estás. 

Me acostumbré a vos, a tu forma de estar, a tu forma de hacerme reír. 
Me acostumbré a todo, menos a esto. A no saber de vos, a no escribirte. 

A tener que hacer de cuenta que no pasa nada, cuando en realidad pasa de todo. 

Supongo que hay amores que no se terminan, que cambian de lugar, 
y ahora te tengo acá, clavado en el pecho, ocupando un espacio que ya no te pertenece. 

Y lo peor es que te hablo en mi cabeza como si fueras a contestar. 
Cómo si no hubieras elegido el silencio. 
Cómo si no me hubieras soltado sin decirme que me estabas soltando.
Y yo estoy acá, aprendiendo a vivir con tu ausencia como si fuera parte de la rutina, como si olvidar fuera tan fácil como dejar de nombrar. 

Pero hay amores que no se van, aunque deje de decirlos en voz alta.

"Para arriesgar algo, hay que estar dispuesto a perder otra cosa. Y por eso la vida tiene algo de apuesta." Jacques Lacan. 

Lacan sabía algo insoportable. No se puede vivir sin perder. Por qué amar es apostar. Tener un hijo es apostar. Confiar es apostar. Empezar de nuevo es apostar. 

Y toda apuesta tiene algo en común: nadie apuesta sabiendo el resultado. Se puede ganar, se puede perder. Y justamente por eso es una apuesta.  Pero hay personas que se pasan la vida intentando no perder.

No aman demasiado. No se entregan demasiado. No sé ilusionan demasiado. No juegan demasiado. 

Cómo si pudieran hacer un pacto con la vida: "No me des mucho pero tampoco me saques nada".  Pero mientras intentan no perder... Se pierden algo mucho más doloroso. La vida que no se animaron a vivir. 

Por qué no hay amor sin riesgo. No hay deseo sin incertidumbre. No hay vida sin pérdida. Y quizás por eso el deseo tiene algo de valentía. Por qué nadie sabe cómo termina una apuesta. 

Nadie sabe si ese amor será para siempre. Nadie sabe cuánto tiempo tendrá con las personas que ama. Nadie sabe que traerá el futuro.  Y aún así, hay quienes aman. Quienes tienen hijos. Hay quienes vuelven a empezar y hay quienes se animan. 

Quizás vivir no sea encontrar garantías. Quizás vivir sea apostar. Sabiendo que se puede ganar. Sabiendo que se puede perder. Y aún así, desear. Por qué a veces no perdemos por haber apostando. Perdemos por haber pasado toda una vida intentando no hacerlo.

viernes, 7 de agosto de 2026

No sé en qué momento empezamos a creer que el amor tenía que venir a resolver la vida del otro. Cómo si querer a alguien significara encontrar todas las respuestas. ¿Resolver que? Yo no las tengo. Y, la verdad, tampoco quiero tenerlas. Por qué yo no quiero entrar a tu vida para salvarte de vos. Quiero entrar para que no tengas que atravesarla solo. Hay una diferencia enorme entre rescatar y acompañar. 

Yo no te voy a decir que decisión tomar. Tampoco voy a vivir las cosas por vos. Pero si querés, me siento al lado. Pongo la pava, tomamos unos mates. Capaz hablamos de lo que te pasa. Capaz terminamos hablando de cualquier pavada. Y capaz ese día no resolvimos absolutamente nada. Pero compartimos un rato de la vida. Estuviste menos solo, y eso para mí, también vale. 

Siento que hoy está lleno de gente que quiere ser imprescindible. Que necesita sentir que le cambio la vida a alguien para creer que quiso de verdad. A mí no me interesa eso. Nunca soñe con ser la que salve a nadie. Me conformo con ser esa a la que querés llamar para contarle una buena noticia. O una mala. O ninguna. Porque, a veces, no hace falta un motivo para querer estar con alguien. Hay días en los que vos vas a poder con todo, y yo me voy a alegrar de verte así. Hay otros en los que no, y también voy a estar. No por qué piense que me toque arreglar algo, sino por qué me gusta compartir la vida con la gente que quiero. 

Eso significa ser compañero, al menos para mí. Estar cuando hay algo que festejar y cuando no hay nada que decir. Estar cuando todo sale bien, y cuando las cosas salen al revés. 

Estar para escuchar una idea, una duda, un miedo o una pavada que se te cruzó mientras esperabas a qué se te enfríe el café. 

Por qué yo no quiero entrar a tu vida para ocupar un lugar que ya es tuyo. Quiero ocupar el mío. Ese lugar, al lado. El del que, si un día mirás para la derecha, probablemente esté ahí, con un mate en la mano. Con alguna historia para contarte. Con un abrazo si lo necesitas. O con un silencio, si ese día el silencio dice más. No quiero un amor que te haga depender de mi. Quiero uno que te haga sentir que, mientras la vida pasa, hay alguien que eligió caminarla con vos. Y, para mí, eso alcanza. Porque no quiero ser quien te resuelva la vida. Quiero ser la compañera con la que te den ganas de vivirla.

Nos enseñaron, de alguna forma, que amar más es perder.
Que quedarse es debilidad. Que el que sufre es el que perdió el juego.

Y entonces actuamos en consecuencia: Nos endurecemos, nos adelantamos,
nos vamos antes de que nos dejen o fingimos que nunca estuvimos realmente ahí. 
Pero hay algo en eso que no cierra.

Por qué si amar fuera perder, ¿Por qué duele tanto dejar de hacerlo?

¿Por qué hay una parte tuya que, a pesar de todo, sigue eligiendo sentir? 

Tal vez, por qué amar no es un intercambio justo. No es una ecuación donde das y recibís lo mismo. Es una forma de existir. 

Es mirar a alguien, y permitirte ser más blanda, más honesta, más real.
Es exponerte sin saber si el otro va a quedarse. Es dar sin garantías.

Y si, a veces termina mal, a veces no te eligen,
A veces no alcanza. Pero eso no invalida lo que diste.  

No te hace débil, no te hace ingenua, no te hace menos, te hace alguien que se animó.

Por qué es mucho más fácil cerrarse, volverse indiferente, no involucrarse, no sentir demasiado.

Pero eso también es perderse algo, perderse la intensidad, los detalles,
La forma en que todo se vuelve más significativo cuando hay amor de por medio.

Yo no sé si quiero convertirme en alguien qué ama con medida con tal de no sufrir. 

Prefiero que me duela haber sentido, a pasar la vida sin que nada me atraviese de verdad. Prefiero ser la que quiso, aunque no haya sido suficiente para que se quede. 

Por qué al final, lo único que habla de mi, no es quien se quedó.  Sino lo que fui capaz de dar.

Soy experta en complicarme la vida para demostrar que sé vivirla sencilla. Puedo encontrarle tres vueltas a una pregunta y ninguna a una res...