domingo, 29 de marzo de 2026

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.”

La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ese instante sentí cómo algo de lo que era tan claro para mí, para él se volvía duda. Como si lo que yo sentía necesitara explicación, o peor, corrección.

Pero no. No era eso.

Porque si se tratara solo de ganas, la historia hubiera sido mucho más simple. Me hubiera quedado donde era fácil. Donde me querían bien, donde había cuidado, donde todo era correcto. Me hubiera quedado con esa persona que hacía todo lo que se supone que alguien tiene que hacer: estar, acompañar, elegir. Pero no pude.

Porque hay algo que no se puede forzar, ni construir a voluntad, ni inventar por conveniencia. Hay amores que simplemente no nacen, por más que todo alrededor esté dado para que sí. Y fingirlos… es una forma de traición demasiado silenciosa.

Así que me fui. Me fui de lo seguro, de lo posible, de lo que “debería haber sido”, porque no era verdad para mí. Porque el amor —el de verdad— no se sostiene con ganas. Se siente o no se siente.

Y lo que yo sentía… era por él.

Por eso duele tanto que lo haya reducido a eso. A una necesidad. A una especie de impulso vacío que podía haber llenado cualquiera.

No entendió que, justamente, si fuera tan fácil como amar a alguien, no estaría acá, sosteniendo esto que arde, que incomoda, que no siempre es correspondido… pero que es real.

Yo no tenía ganas de amar a alguien.

Yo lo amaba a él.

Y entonces lo extraño.

Hay días en los que todo pesa un poco más.

No pasa nada extraordinario: me levanto, hago lo que tengo que hacer, sigo. Pero en algún momento —siempre hay un momento— aparece su ausencia como un ruido de fondo que no puedo apagar. Como si el mundo siguiera girando igual, pero a mí me faltara una pieza.

Y entonces lo extraño.

Lo extraño en lo cotidiano, que es donde más duele. En las cosas que no se cuentan porque parecen mínimas: en una canción que sé que le gustaría, en un mensaje que no mando, en una risa que se queda a mitad de camino porque ya no tiene con quién compartirse. Lo extraño en lo simple, en lo que no se ve. A veces me pregunto si él también se siente triste por un mensaje mío que no llega.

Hay algo muy injusto en seguir con la vida cuando alguien te falta así. Como si el tiempo avanzara sin pedir permiso, obligándome a aprender a habitar un día a día donde él no está. Y no es que no pueda… es que no quiero acostumbrarme a eso.

Porque acostumbrarse sería, de alguna forma, soltarlo.

Y yo no quiero soltar lo que siento. No quiero que se vuelva pequeño, ni lejano, ni difuso. Aunque duela. Aunque a veces se haga cuesta arriba hasta lo más básico.

Extrañarlo también es una forma de tenerlo cerca. De sostener lo que fue, lo que es para mí, aunque no esté.

Pero hay días… como hoy… en los que pesa más.

Y lo único que quisiera es que, por un rato, el mundo se detenga lo suficiente como para que su ausencia no haga tanto ruido.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no era un “tal vez”. Era eso. Era él. Y era ahora.

Me subí a un colectivo con el corazón en la garganta, con las manos temblando y una valentía que hoy no sé de dónde saqué. Trescientos cuarenta y siete kilómetros no eran distancia cuando una cree que el amor lo justifica todo. Yo iba a decirle lo que sentía, a ponerlo todo sobre la mesa, a dejar de callarme. Iba a cambiar la historia.

Pero la historia no cambió.

Lo tomé por sorpresa. Él no me amaba. Tenía otros compromisos, otra vida, otros tiempos que no eran los míos. Y yo, que había viajado con el alma abierta, tuve que volver con las palabras todavía latiendo adentro.

Después la vida hizo lo suyo. Nos siguió cruzando, como si quisiera insistir con algo que nunca terminaba de suceder. Nos encontramos en momentos distintos, siempre a destiempo. Él con alguien. Yo intentando construir otra cosa. Yo casándome. Yo rompiéndome. Yo volviendo a empezar.

Y en cada uno de esos encuentros había algo intacto, algo que no se había movido nunca del todo. Pero tampoco alcanzaba. Nunca alcanzaba.

Hasta que hace unos días pasó.

Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, me dijo eso que hace años había ido a buscar en un colectivo: Que me amaba.

Y yo, que imaginé tantas veces ese momento, no supe qué hacer con él. ¿El amor, aunque llegue tarde, es lo mismo?. Porque decirlo no es lo mismo que elegirlo.

Porque yo, a los 18, crucé kilómetros por él. Y hoy entiendo que cada uno ama como puede, como sabe, como le nace. Yo fui impulso, fui certeza, fui ese viaje sin garantías. Él, en cambio, fue silencio, fue cautela, fue quedarse. No hay deuda en eso. No hay reproche. Solo dos maneras distintas de habitar lo mismo.

Pero a veces, incluso cuando el amor es real, no alcanza si no camina en la misma dirección. Y entonces entendí que hay amores que son enormes, pero no suficientes. Que pueden ser verdaderos, pero no valientes. Que pueden sentirse para siempre… y aún así no elegirse.

Y eso —más que todo lo demás— es lo que duele.

lunes, 23 de marzo de 2026

Sin título

A veces pienso en lo poco que tuvimos… y en todo lo que en realidad quería. Que no se confunda, no reniego del pasado, intento aprender de el. 

Porque lo nuestro fue muchas cosas, pero nunca fue simple.

Nunca fue un “paso a buscarte”. Nunca fue un mate en una plaza con el tiempo de nuestro lado. Nunca fue caminar por las sierras sin apuro, sin pensar en cuándo termina.

En 15 años, nunca tuvimos una cita de verdad. Y sin embargo, nos quisimos. Nos queremos. 

De esa forma intensa que alcanza para marcarte, pero no para quedarse. Yo no quería tanto. O sí… pero distinto.

Quiero lo cotidiano. Reírme con vos sin que sea una excepción. Tu mano en la mía sin sentir que es un préstamo. Poder decirte que te amo sin calcular el momento.

Decírtelo porque sí. Porque me nace. Porque te estoy mirando y no hay nada más que agregar. A veces imagino esas escenas. Son tan simples que duelen.

Vos llegando. Un mate compartido. Una caminata cualquiera. Una vida que no se escapa. Y me pregunto en qué momento lo simple se volvió imposible para nosotros.

Porque no es falta de amor. Nunca lo fue. Pero tampoco fue elección. Y hay algo que se quiebra cuando entendés eso: que alguien puede amarte…y aun así no elegirte.

Yo, en cambio, siempre quise eso. No lo intenso. No lo que aparece y desaparece. Sino lo que se queda. Lo que se construye.

Lo que permite decir “te amo”, todas las veces que haga falta… sin miedo a que sea la última.

domingo, 22 de marzo de 2026

Está vez, si.

A veces el amor no es lo que vivimos, sino lo que seguimos imaginando.

Hay noches en las que cierro los ojos y te veo llegando.

No como antes. No a medias, no con dudas, no con ese miedo que siempre se nos metía en el medio. Te veo distinto. Seguro. Decidido. Como si finalmente hubieras entendido algo que yo vengo sintiendo hace tanto.

En esa escena no hay explicaciones largas. No hacen falta. Solo estás vos, mirándome como si esta vez no hubiera lugar para irse, y diciendo, casi en un susurro, que ahora sí. Que ahora sí querés.

Y entonces todo se acomoda. El tiempo deja de doler, la espera encuentra sentido, y este amor —que tantas veces quedó suspendido—por fin toca el suelo.

Pero abro los ojos. Y la realidad es otra. No hay pasos acercándose, no hay certezas, no hay un “ahora sí” que llegue a salvar todo lo que quedó inconcluso. Y sin embargo, te sigo extrañando.

Como se extraña algo que no fue del todo, pero que se sintió demasiado. Te extraño en las cosas simples, en los momentos que imagino sin darme cuenta, en las versiones de nosotros que solo existen en mi cabeza pero que, de alguna manera, se sienten reales.

Porque lo que yo quiero no es solo volver a verte. Es que me elijas. Que un día, entre todas las posibilidades que tiene tu vida, decidas que soy yo.

Sin miedo. Sin excusas. Sin tiempos que no coinciden.

Es un deseo silencioso, de esos que no se dicen en voz alta porque pesan demasiado. Pero vive en mí.

Como una historia que todavía no empezó, pero que insiste en existir.

Y a veces me pregunto si hay amores que están destinados a quedarse en ese lugar: en el de lo que podría haber sido, en el de las puertas que nunca se terminan de abrir, en el de la espera que no tiene final.

O si, en algún momento,vas a aparecer y esta vez sí.

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.” La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ...