martes, 26 de mayo de 2026

No entiendo cómo no te duele.

Hay personas que tienen la capacidad de irse sin mirar atrás. Como si el daño que dejaron fuera apenas una puerta cerrándose. Como si uno pudiera apagar un vínculo igual que se apaga una luz antes de dormir.

Y yo no entiendo cómo se hace eso.

No entiendo cómo alguien puede estar allá afuera jugando a Romeo y Julieta, riéndose, compartiendo comidas, viviendo escenas de película, mientras del otro lado hay una persona intentando sobrevivir al incendio que dejaron sus manos.

Porque hay dolores que no se ven. No hacen ruido. No aparecen en fotos ni en historias de Instagram. Pero existen. Y arden. Arde despertarse y recordar. Arde mirar el celular esperando algo que no llega.

Arde sentir que para el otro todo siguió normal mientras vos seguís acomodando los pedazos de algo que rompieron entre dos, pero que terminó doliéndole solo a uno.

Creo que lo más cruel no es solamente que te lastimen. Lo más cruel es que puedan seguir adelante sin siquiera detenerse a pensar en las consecuencias de lo que hicieron. Sin imaginar las noches sin dormir. La ansiedad en el pecho. La tristeza pegada al cuerpo como humedad.

Sin saber que dejaron a alguien cuestionándose su valor, su forma de amar, incluso su propia realidad. Y mientras ellos viven la versión romántica de la historia, uno se queda acá, sosteniendo el lado que nadie quiere mirar: el duelo, el vacío, el silencio.

A veces me pregunto si realmente saben el impacto que tienen sobre las personas que aman.

O si, simplemente eligen no mirar.

domingo, 24 de mayo de 2026

La espera nunca termina.

Creí que si escribía el dolor con suficiente honestidad, ibas a venir.

Creí que si dejaba mi tristeza expuesta, abierta como una herida sobre la mesa, algo en vos se iba a mover. Que ibas a leerme y reconocerme en el fondo de todo eso. Que ibas a entender que todavía te espero en lugares donde ya no tendría que esperarte.

El otro día te dejé una cita escondida entre palabras. Un “vení a verme” disfrazado de texto de blog. Y hoy te vi en otra parte. Comiendo locro, riéndote, compartiendo la tarde con ella y con tu amiga, mientras yo sigo acá, sobreviviendo días que pesan demasiado.

Y entonces entendí algo horrible: el dolor no siempre llama de vuelta a las personas.

A veces una escribe desde el fondo del pecho pensando que la tristeza puede funcionar como un puente. Como una señal de humo. Como una última prueba de amor. Pero hay gente que puede leer tu angustia y aun así seguir con su vida.

Y eso destruye.

Porque yo no quería que vuelvas solamente por amor. Quería que vuelvas para poder sanar. Necesitaba mirarte una vez más y encontrar alguna explicación que calmara este vacío constante. Porque vivir extrañando así cansa. Cansa despertarse con ansiedad, revisar redes buscando señales, interpretar silencios, imaginar escenarios donde todavía queda algo por salvar.

Cansa sentir que el corazón quedó detenido en alguien que ya siguió adelante.

Lo más triste es que todavía hay una parte de mí que espera. Una parte que sigue creyendo que quizás aparezcas después de leer esto. Que quizás entiendas que detrás de cada palabra hay una persona que se está rompiendo en silencio.

domingo, 17 de mayo de 2026

Nuestra cita.

Existe un momento del día en que el silencio cambia de forma. Deja de ser ese ruido sordo en el pecho y se convierte en una certeza. La certeza de que las palabras que nos guardamos pesan más que las que dijimos, y que hay diálogos que no se pueden terminar de armar en la cabeza, ni a través de una pantalla que titila en la oscuridad.

Sé que volvés acá. Lo sé porque el cuerpo percibe las ausencias que todavía orbitan cerca, como si dejaras un rastro invisible cada vez que mirás desde el otro lado del vidrio. Pero mirar de lejos no cura el ruido de fondo.

Por eso esta vez no quiero escribirle al vacío. Si estás ahí, si todavía leés esto, te pido que dejes de esconderte en el anonimato y vengas a verme. Necesito que tengamos esa conversación de frente, escuchar las explicaciones que quedaron pendientes para poder ponerle palabras a este dolor. Para entender por qué fuiste tan cruel, y por qué mi dolor no valió nada. 

Pongamos una tregua a la distancia. Mi casa está llena de banderas blancas. La cita? 24/05, 21 hs. Dónde siempre. 

Solo hace falta que te animes a tocar la puerta.

viernes, 15 de mayo de 2026

Lo que queda después del sismo.

Hace poco hablé de un deseo de cumpleaños, de velas prendidas en el silencio de la noche y de esa esperanza terca que se niega a morir. Hablé de esperar que alguien cruce la puerta. Hoy, con los días un poco más fríos y la rutina encima, me doy cuenta de que esa espera no se pasa tan rápido. No hay un botón de reinicio que borre el dolor de golpe.

A veces la gente habla de la superación como si fuera un camino recto. Te dicen que te enfoques en tus proyectos, en tu carrera, en tus cosas. Y yo lo hago. Trabajo horas frente a la pantalla, diseño, le doy forma a mis ideas, avanzo y le pongo el cuerpo a los días. Mi mundo creció, es verdad, y estoy orgullosa de las cosas que estoy logrando por mi cuenta. Pero mentiría si dijera que el éxito profesional llena todos los vacíos. En el fondo, en ese espacio que aparece cuando se apaga la luz de la computadora, la ausencia sigue estando ahí, latente. 

Es una sensación extraña. Es saberse fuerte para armar una vida nueva, pero al mismo tiempo sentir la frustración de tener que juntar los pedazos de algo que yo no rompí. Porque madurar también es convivir con esa contradicción: la de seguir adelante con los días mientras una parte tuya todavía espera que quien causó el daño regrese a arreglarlo. Esperar un reconocimiento, una explicación, o simplemente que se haga cargo del desorden que dejó al irse.

A veces me pregunto si el que mira desde afuera, el que se asoma a mi vida de reojo o me lee en el silencio de la madrugada, entiende lo que cuesta sostener esta estructura. Si sabe que detrás de cada diseño nuevo, de cada logro y de cada paso hacia adelante, todavía hay una herida que escuece. Que el hecho de que pueda seguir caminando no significa que no me duela la forma en que se rompieron las cosas. El tiempo pasa, y si, todavía duele.

No sé si los deseos de cumpleaños tienen fecha de vencimiento. Tampoco sé si el tiempo realmente lo cura todo o si solo nos acostumbra al peso. Lo único que sé es que sigo acá, lidiando con la paradoja de construir un presente hermoso, mientras sostengo, con la otra mano, la memoria de lo que pudo haber sido. Esperando, muy en el fondo, que las cosas que se rompieron encuentren alguna vez su propia justicia.

jueves, 7 de mayo de 2026

Un deseo de cumpleaños

Se acerca mi cumpleaños. Y mientras todos me preguntan qué quiero, yo ya sé la respuesta hace meses. No necesito ropa nueva, ni cenas, ni regalos envueltos con moños prolijos. Yo solo quería una cosa. Que vuelva él.

Hasta le prendí una vela a mi abuelo. Como cuando era chica y creía que las personas que amamos, incluso después de irse, todavía podían escuchar nuestros pedidos bajitos. Le hablé en silencio, con esa mezcla rara entre fe y desesperación. Y le pedí un solo deseo. Él.

Porque a veces el amor te deja así: negociando con el universo. Buscando señales donde no las hay. Pensando que quizá, si deseás lo suficientemente fuerte, alguien puede regresar.

Y es extraño sentirme tan vulnerable a esta altura. Porque una parte de mí sabe que un cumpleaños debería tratarse de celebrar la vida, los amigos, los años vividos, las versiones de una misma que sobrevivieron a todo. Pero otra parte —la más honesta— sigue mirando la puerta como si todavía existiera la posibilidad de verlo aparecer.

Creo que hay algo muy humano en eso. En querer ser elegida por la persona que amás incluso cuando intentás convencerte de seguir adelante. En seguir guardando un espaciocito emocional “por las dudas”. Por si vuelve. Por si esta vez sí.

No sé qué va a pasar en unos días. No sé si mi deseo se va a cumplir o si voy a soplar las velitas intentando disimular el vacío. Pero sí sé algo: amar a alguien al punto de pedirlo como deseo de cumpleaños cambia la forma en la que una entiende el amor. Porque ya no se trata solo de romanticismo. Se trata de ausencia. De esperanza.

De esa tristeza suave que se instala en el pecho cuando alguien importante ya no está, pero todavía vive en todos tus pensamientos cotidianos. Y quizás crecer también sea esto. Aceptar que hay deseos que no dependen de una vela, ni del destino, ni de cuánto amor tengamos adentro.

Aunque, muy en el fondo, siga deseando que vuelva él

No entiendo cómo no te duele.

Hay personas que tienen la capacidad de irse sin mirar atrás. Como si el daño que dejaron fuera apenas una puerta cerrándose. Como si uno pu...