Hay algo profundamente simple en todo lo que quiero con vos. Y quizás por eso duele tanto.
No estoy pidiendo grandes historias ni promesas imposibles. Solo quiero lo cotidiano. Lo mínimo. Lo real.
Quiero tirarme con vos a ver películas, de esas que a mitad dejamos de mirar porque nos distraemos hablando o riéndonos de cualquier cosa.
Quiero despertarme y hacer el desayuno, sin apuro, sin planes, solo compartiendo el silencio cómodo de estar juntos.
Quiero tomar mate en una plaza, sentir el sol, y que no importe quién mire, porque no habría nada que esconder.
Quiero no tener que medir cada gesto. No tener que disfrazarme de alguien que no soy si nos cruzamos en público. Quiero poder acercarme sin dudar. Abrazarte sin pensar. Quiero poder decirte que te amo… y que no sea un secreto.
Y también quiero algo más. Algo que no es cotidiano, pero que para nosotros lo cambiaría todo.
Quiero que te subas a un micro. Que vengas.
Que, por una vez, te la juegues por nosotros.
No como un gesto grandioso, sino como una decisión.
Como una forma de decir “sí, esto vale la pena”.
Porque yo ya sé todo lo que podríamos ser.
Lo veo en cada cosa simple que imagino con vos.
Pero no alcanza con imaginarlo sola.
Y lo más difícil de todo es que no son cosas imposibles.
Son cosas que existen. Que pasan todos los días.
Pero no para nosotros.
Entonces me quedo con estas ganas que no encuentran lugar. Con este amor que tiene espacio en mí, pero no en la realidad.
Y eso… eso es lo que más duele.
Porque no es falta de amor. Es falta de coraje para vivirlo.