Hay ausencias que no son silencio. Son otra cosa.
Como una radio prendida en una frecuencia que no existe, donde no hay música ni voces, pero tampoco hay paz. Ese ruido blanco que no se apaga, que se mete en el fondo de todo lo que hacés. Así te extraño.
No es un extrañarte que interrumpe, que grita, que exige. Es más sutil. Más constante. Está cuando me cepillo los dientes, cuando camino sola, cuando alguien me habla y por un segundo me desconecto. Está incluso cuando creo que no.
Es raro, porque no te pienso todo el tiempo. Pero te siento. Como ese zumbido eléctrico que no sabés de dónde viene, pero sabés que está ahí.
Le decía a mi psicóloga que no es tristeza exactamente. Es una especie de incomodidad emocional. Como si algo en mí estuviera desintonizado desde que no estás. Como si hubiese perdido la estación correcta y ahora todo fuera interferencia.
Y lo más difícil no es el ruido. Es no poder apagarlo.
Porque apagarlo sería dejar de esperarte en algún rincón mínimo de mí. Y todavía no estoy lista para eso.
Entonces convivo con esta frecuencia fantasma, con esta presencia que no es presencia, con este vacío que hace ruido.
Y te extraño así: no como algo que falta, sino como algo que sigue estando, pero ya no llega.