Algo se acomodó de una forma brutalmente clara ella no era la otra. La otra era yo.
No porque hubiera llegado después. No porque supiera. No porque hubiera elegido. Sino porque la historia que yo creía estar viviendo no era la principal. Era un margen.
Hay un tipo de mentira que no se dice. Se actúa. Se construye en paralelo, con tiempos repartidos, con relatos adaptados, con futuros prometidos en más de una dirección. Y vos confiás. Confiás en la coherencia. En la exclusividad implícita. En que cuando alguien te habla de “nosotros” está hablando de un único nosotros.
Hasta que ves la otra línea de tiempo. No la imaginada. La real. Fechas que coinciden. Escenarios repetidos. Palabras recicladas. Gestos duplicados.
Y entendés algo que parte el recuerdo en dos: no compartíamos la misma historia. Compartíamos a la misma persona.
Yo creía que estaba adentro. Pero estaba al costado. Yo creía que había un vínculo. Pero había una superposición.
Y de pronto todo encaja: las intermitencias, las desapariciones, las explicaciones vagas, la sensación constante de no terminar de llegar. No era inseguridad. Era percepción.
Había otra vida ocurriendo mientras yo pensaba que éramos una sola. Lo más difícil no es aceptar que existía alguien más. Es aceptar que, en la estructura real del vínculo, yo era ese alguien más. La otra.
Nombrarlo no es celos. No es competencia. No es comparación. Es posición. Es comprender que el lugar que te hicieron creer que ocupabas no era el que realmente tenías.
Y esa comprensión no solo cambia el presente. Reescribe el pasado. Porque entonces el amor que viviste queda atravesado por una pregunta imposible de desoír: ¿qué parte era verdad y qué parte era solapamiento?
No necesito respuestas. El reel alcanzó. Mostró continuidad donde a mí me dieron fragmentos. Historia donde a mí me dieron intervalos. Centralidad donde a mí me dieron excepción.
Y no, ella no era la otra. La otra era yo en una historia que me contaron como si fuera única.