viernes, 7 de agosto de 2026

No sé en qué momento empezamos a creer que el amor tenía que venir a resolver la vida del otro. Cómo si querer a alguien significara encontrar todas las respuestas. ¿Resolver que? Yo no las tengo. Y, la verdad, tampoco quiero tenerlas. Por qué yo no quiero entrar a tu vida para salvarte de vos. Quiero entrar para que no tengas que atravesarla solo. Hay una diferencia enorme entre rescatar y acompañar. 

Yo no te voy a decir que decisión tomar. Tampoco voy a vivir las cosas por vos. Pero si querés, me siento al lado. Pongo la pava, tomamos unos mates. Capaz hablamos de lo que te pasa. Capaz terminamos hablando de cualquier pavada. Y capaz ese día no resolvimos absolutamente nada. Pero compartimos un rato de la vida. Estuviste menos solo, y eso para mí, también vale. 

Siento que hoy está lleno de gente que quiere ser imprescindible. Que necesita sentir que le cambio la vida a alguien para creer que quiso de verdad. A mí no me interesa eso. Nunca soñe con ser la que salve a nadie. Me conformo con ser esa a la que querés llamar para contarle una buena noticia. O una mala. O ninguna. Porque, a veces, no hace falta un motivo para querer estar con alguien. Hay días en los que vos vas a poder con todo, y yo me voy a alegrar de verte así. Hay otros en los que no, y también voy a estar. No por qué piense que me toque arreglar algo, sino por qué me gusta compartir la vida con la gente que quiero. 

Eso significa ser compañero, al menos para mí. Estar cuando hay algo que festejar y cuando no hay nada que decir. Estar cuando todo sale bien, y cuando las cosas salen al revés. 

Estar para escuchar una idea, una duda, un miedo o una pavada que se te cruzó mientras esperabas a qué se te enfríe el café. 

Por qué yo no quiero entrar a tu vida para ocupar un lugar que ya es tuyo. Quiero ocupar el mío. Ese lugar, al lado. El del que, si un día mirás para la derecha, probablemente esté ahí, con un mate en la mano. Con alguna historia para contarte. Con un abrazo si lo necesitas. O con un silencio, si ese día el silencio dice más. No quiero un amor que te haga depender de mi. Quiero uno que te haga sentir que, mientras la vida pasa, hay alguien que eligió caminarla con vos. Y, para mí, eso alcanza. Porque no quiero ser quien te resuelva la vida. Quiero ser la compañera con la que te den ganas de vivirla.

Nos enseñaron, de alguna forma, que amar más es perder.
Que quedarse es debilidad. Que el que sufre es el que perdió el juego.

Y entonces actuamos en consecuencia: Nos endurecemos, nos adelantamos,
nos vamos antes de que nos dejen o fingimos que nunca estuvimos realmente ahí. 
Pero hay algo en eso que no cierra.

Por qué si amar fuera perder, ¿Por qué duele tanto dejar de hacerlo?

¿Por qué hay una parte tuya que, a pesar de todo, sigue eligiendo sentir? 

Tal vez, por qué amar no es un intercambio justo. No es una ecuación donde das y recibís lo mismo. Es una forma de existir. 

Es mirar a alguien, y permitirte ser más blanda, más honesta, más real.
Es exponerte sin saber si el otro va a quedarse. Es dar sin garantías.

Y si, a veces termina mal, a veces no te eligen,
A veces no alcanza. Pero eso no invalida lo que diste.  

No te hace débil, no te hace ingenua, no te hace menos, te hace alguien que se animó.

Por qué es mucho más fácil cerrarse, volverse indiferente, no involucrarse, no sentir demasiado.

Pero eso también es perderse algo, perderse la intensidad, los detalles,
La forma en que todo se vuelve más significativo cuando hay amor de por medio.

Yo no sé si quiero convertirme en alguien qué ama con medida con tal de no sufrir. 

Prefiero que me duela haber sentido, a pasar la vida sin que nada me atraviese de verdad. Prefiero ser la que quiso, aunque no haya sido suficiente para que se quede. 

Por qué al final, lo único que habla de mi, no es quien se quedó.  Sino lo que fui capaz de dar.

sábado, 1 de agosto de 2026

No seas boludo

Si la querés, andá. 

Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta.

Pero andá.

Porque hay personas que no se van porque dejaron de amar. Se van porque se cansaron de esperar que las elijan. Y un día, cuando mires su foto y sientas ese vacío insoportable en el pecho, no digas que el tiempo fue cruel.

El tiempo no hizo nada. La viste irse. Y no moviste un solo músculo para detenerla.

No estoy hablando de insistir donde te dijeron que no. Hablo de hablar antes de que sea tarde. De pelear por lo que vale mientras todavía existe la posibilidad de abrazarlo.

Porque después llegan las frases que empiezan con "si hubiera..."

Si hubiera ido. Si hubiera llamado. Si hubiera dicho lo que sentía. Si hubiera tenido cinco minutos más de valentía. Pero los "hubiera" no abrazan a nadie.

No besan. No construyen hogares. No devuelven personas. Así que, boludo...

Si todavía la querés, andá a buscarla. Decile que la extrañás. Decile que te equivocaste. Decile que tenés miedo.

Las personas no necesitan héroes; necesitan honestidad. Y si te dice que no, al menos vas a poder dormir sabiendo que hiciste todo lo que estaba en tus manos.

Pero si nunca vas...

Vas a pasar años inventando conversaciones que jamás ocurrieron, imaginando una vida que nunca existió y preguntándote cómo habría sido despertar al lado de la única persona por la que valía la pena tragarse el orgullo.

No dejes que el amor de tu vida termine siendo una anécdota que contás empezando con: "¿Sabés qué pasa? Nunca me animé."

Porque, a veces, el gesto más romántico del mundo no es escribir un poema. Es tocar el timbre.

Es decir: "No quiero perderte."

Y esperar la respuesta con el corazón temblando.

La calma del amor

Prometeme que, si un día me da miedo el amor y empiezo a huir, me vas a recordar que con vos no tengo que esconderme.

Voy a hacer chistes para disimular que me gustas muchísimo, teneme paciencia, es mi forma torpe de bajar las defensas. 

Me gustas por qué tenés esa clase de mirada que hace que quiera contar verdades que escondería hasta de mi misma.

Sos un peligro, me haces imaginar domingos de cama con pelis, y yo siempre fui más de despedidas y resacas.

No quiero que me prometas para siempre, quiero que cada vez que puedas irte, elijas quedarte.

Antes confundía intensidad con amor, después llegaste y entendí que la calma también puede hacerte temblar las piernas. 

Lo más sexy que hiciste no fue tocarme, fue tratarme con cuidado.

No quiero asustarte pero prepárate para escucharme escribirte textos mientras me fumo un pucho en la ventana y me hago la poeta maldita. 

Voy a ponerte nervioso a propósito, solo para después sentarme en tus piernas y hacer como si yo no hubiera provocado el incendio.

Me da miedo por qué siempre sentí las cosas demasiado fuerte. Voy a escribir muchísimo, perdón, es inevitable. Hay personas que se convierten en poesía a penas llegan. 

Pensaba que los domingos eran solo una habitación hasta que empecé a imaginar tu risa haciendo eco.

Sos esa clase de problema por la que vale la pena llegar tarde a todo.

Si supieras la de poemas que llevan tu nombre escondido bajo entre líneas. Me siento vulnerable sin que parezca una derrota. 

Que raro eso de encontrar ternura entre tanta ruina emocional.

viernes, 17 de julio de 2026

Quizás nunca pase.

Hay personas que uno deja ir. Y hay otras que, aunque ya no estén, siguen habitando un rincón de la esperanza.

Pasó el tiempo. Hice lo que se supone que hay que hacer: seguí adelante. Trabajé, conocí gente nueva, aprendí a reír otra vez. La vida, por afuera, no se detuvo nunca.

Pero hay algo que el tiempo no supo hacer.

Todavía hay una parte de mí que espera que Alexander vuelva. No para empezar de nuevo. Ni siquiera para recuperar lo que fuimos. Solo para hacerse cargo de lo que rompió.

Porque hay heridas que no duelen por el abandono, sino por el silencio que vino después. Por la ausencia de un "perdón", de una explicación, de ese mínimo acto de valentía que implica mirar el desastre que uno dejó en otra persona.

Dicen que nadie nos debe un cierre. Quizás sea verdad. Pero el corazón no entiende de teorías. El corazón insiste en imaginar esa conversación que nunca ocurrió, ese abrazo que llegó tarde, esas palabras capaces de acomodar, aunque sea un poco, las ruinas.

Y lo peor es que la esperanza no siempre hace ruido. A veces se disfraza de costumbre. De repente escuchás una canción y pensás en él. Pasás por una calle y lo imaginás doblando la esquina. Mirás el teléfono sabiendo que no va a sonar, pero una parte de vos sigue creyendo que algún día aparecerá.

No porque necesite volver a amarlo.

Sino porque necesito creer que el hombre que destrozó mi corazón también es capaz de reconocer que lo hizo.

Quizás nunca pase.

Quizás el tiempo no cure todas las heridas; simplemente nos enseñe a convivir con ellas.

Y aun así, hay noches en las que sigo deseando lo imposible: que Alexander toque la puerta, no para pedirme otra oportunidad, sino para devolverme la paz que se llevó cuando decidió irse sin reparar el daño.

Porque hay amores que terminan.

Y hay despedidas que nunca terminan de suceder.

No sé en qué momento empezamos a creer que el amor tenía que venir a resolver la vida del otro. Cómo si querer a alguien significara encontr...