lunes, 16 de febrero de 2026

La otra

 Algo se acomodó de una forma brutalmente clara ella no era la otra. La otra era yo.

No porque hubiera llegado después. No porque supiera. No porque hubiera elegido. Sino porque la historia que yo creía estar viviendo no era la principal. Era un margen.

Hay un tipo de mentira que no se dice. Se actúa. Se construye en paralelo, con tiempos repartidos, con relatos adaptados, con futuros prometidos en más de una dirección. Y vos confiás. Confiás en la coherencia. En la exclusividad implícita. En que cuando alguien te habla de “nosotros” está hablando de un único nosotros.

Hasta que ves la otra línea de tiempo. No la imaginada. La real. Fechas que coinciden. Escenarios repetidos. Palabras recicladas. Gestos duplicados.

Y entendés algo que parte el recuerdo en dos: no compartíamos la misma historia. Compartíamos a la misma persona.

Yo creía que estaba adentro. Pero estaba al costado. Yo creía que había un vínculo. Pero había una superposición.

Y de pronto todo encaja: las intermitencias, las desapariciones, las explicaciones vagas, la sensación constante de no terminar de llegar. No era inseguridad. Era percepción.

Había otra vida ocurriendo mientras yo pensaba que éramos una sola. Lo más difícil no es aceptar que existía alguien más. Es aceptar que, en la estructura real del vínculo, yo era ese alguien más. La otra.

Nombrarlo no es celos. No es competencia. No es comparación. Es posición. Es comprender que el lugar que te hicieron creer que ocupabas no era el que realmente tenías.

Y esa comprensión no solo cambia el presente. Reescribe el pasado. Porque entonces el amor que viviste queda atravesado por una pregunta imposible de desoír: ¿qué parte era verdad y qué parte era solapamiento?

No necesito respuestas. El reel alcanzó. Mostró continuidad donde a mí me dieron fragmentos. Historia donde a mí me dieron intervalos. Centralidad donde a mí me dieron excepción.

Y no, ella no era la otra. La otra era yo en una historia que me contaron como si fuera única.

domingo, 15 de febrero de 2026

Dos versiones de una misma historia

Hay algo particularmente desconcertante en hablar con alguien con quien compartiste amor, promesas y proyectos, y descubrir que ahora hablan idiomas emocionales distintos.

No es que no se entiendan las palabras. Se entiende todo. Demasiado. Se entiende el tono correcto. La distancia bien medida. La prolijidad del cierre.

“Pasó casi un año." “Así debería mantenerse.” “Te deseo lo mejor.” Es un lenguaje de final. Ordenado. Razonable. Adulto. Pero hay historias que no terminan cuando se decide que terminaron. Terminan cuando terminan adentro de alguien. Y adentro mío no terminó.

No porque quiera volver. No porque no acepte la distancia. No porque no entienda que su vida siguió. Sino porque lo que pasó conmigo no fue una anécdota que puede archivarse con el tiempo. Fue un quiebre.

Hay una extraña soledad en escuchar a alguien describir tu historia compartida como algo cerrado, lejano, casi irrelevante… mientras vos todavía la sentís viva en el cuerpo.

No es nostalgia. No es apego. Es discontinuidad. Como si dos personas hubieran vivido experiencias distintas en el mismo vínculo. Él habla de respeto. Yo hablo de heridas. Él habla de no hablar de mí.  Yo hablo de lo que pasó conmigo. Él habla de que no deberíamos seguirnos en redes. Yo hablo de una promesa que existió.

Y en el medio hay algo que no encuentra traducción: la diferencia entre seguir adelante y haber dejado a alguien atrás. No le puedo pedir que sienta lo que no siente. Pero tampoco puedo fingir que lo que vivimos tuvo el mismo peso para ambos. Porque para mí no fue un capítulo. Fue un punto de inflexión.

Y cuando me dice que considera firmemente que no deberíamos volver a vernos, entiendo algo que duele de una manera más silenciosa: hay personas que pueden cerrar una historia mientras del otro lado todavía se la está viviendo.

No hay discusión posible ahí. Solo versiones. La suya, donde el tiempo ordenó todo. La mía, donde algo quedó suspendido. Y no, todavía no puedo desearle lo mejor. No por rencor. Sino porque sigo habitando las consecuencias de lo que para él ya es pasado.

Tal vez algún día nuestras versiones se acerquen en la distancia. Tal vez no. Pero hoy hay una verdad que no puedo suavizar: él habla desde después, yo todavía hablo desde adentro.

sábado, 14 de febrero de 2026

Un futuro que nunca nació

Hoy abrí Instagram y me encontré con un video que no estaba buscando pero que parecía estar buscándome a mí.

Un reel tuyo. Con ella.

Navidad. Año nuevo. Vacaciones. Conciertos. Abrazos. Risas. Besos. Momentos.

Momentos que eran exactamente los que yo había imaginado con vos.

Y no fue solo verte feliz. Fue verte viviendo la vida que yo soñé. Pero sin mí.

Hay un tipo de dolor muy particular en ver a alguien construir con otra persona la historia que te prometió —o que vos creíste que estaban escribiendo juntos.

No es solo celos. No es solo nostalgia. Es una especie de reemplazo visual. Como si alguien hubiera tomado el futuro que vos estabas esperando y lo hubiera puesto en manos de otra persona. Y encima, con música linda de fondo.

El reel duraba menos de un minuto. Pero a mí me atravesó años. Porque en cada escena había algo que yo también quise:

Brindar con vos en fiestas. Viajar. Reírnos en lugares nuevos. Sacarnos fotos espontáneas. Ser elegida en público. Ser elegida en privado. Ser elegida.

Lo que más duele no es que hoy estés con ella. Es que esas versiones tuyas —amorosa, presente, compañero, orgulloso— sí existen. Solo que no existieron conmigo.

Y esa es una herida difícil de explicar. Porque te hace preguntarte cosas que lastiman: ¿Por qué con ella sí? ¿Por qué conmigo no? ¿Qué me faltó? ¿Por qué no fui suficiente para que me ames así?

El reel terminó. Pero yo me quedé mirando la pantalla negra como si algo adentro mío también se hubiera apagado. No porque te ame todavía. Sino porque duele descubrir que la historia que una lloró sí era posible. Solo que no era con una.

Hoy no me rompiste el corazón de nuevo. Pero sí abriste la cicatriz. Y entendí algo que es incómodo aceptar: A veces no extrañamos a la persona.

Extrañamos la vida que creíamos que íbamos a tener con ella.

Y verla… existiendo con otra es como asistir en silencio al funeral de un futuro que nunca nació.

viernes, 13 de febrero de 2026

Un catorce sin treinta

Nunca fui de las que marcan el 14 de febrero en el calendario. Siempre me pareció una fecha inflada, comercial, exagerada.

El amor, pienso, no necesita un día. Y sin embargo, hoy me duele.

No por las flores, ni por las fotos cursis, ni por las historias llenas de cenas a la luz de las velas. Me duele porque extraño a Alex.

Extraño lo que sentía cuando todavía no sabía cómo iba a terminar todo. Extraño la versión mía que creía tranquila, segura, elegida.

Es raro cómo funcionan las fechas. Una puede decir que no le importan… hasta que un recuerdo decide sentarse a tu lado. Yo no extraño lo que pasó al final.

No extraño el silencio, ni la distancia, ni esa forma tan abrupta en la que algo se rompió. Extraño lo que había antes de saber que podía romperse.

Y eso es lo que más duele. Porque no es él solamente. Es la ilusión intacta. Es la confianza que tenía antes de aprender que el amor también puede irse.

Hoy no quiero romantizar el pasado. Pero tampoco quiero fingir que no me afecta. Hay días en los que una se siente fuerte, productiva, enfocada.

Y hay días, como hoy, en los que una simplemente extraña. Y eso también es sanar.

Tal vez algún 14 de febrero no duela. Tal vez algún 14 de febrero sea liviano.

Hoy no lo es. Y está bien decirlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Hay alguien que me ama.

Hay alguien que llegó a mi vida y me ama. Me lo dice con palabras claras, con gestos, con presencia. No tengo dudas de eso.

Y sin embargo, cuando me dice “te amo”, algo en mí se queda quieto. No porque no lo sienta. No porque no quiera. Sino porque hay una parte mía que todavía no volvió a su lugar.

Alex estuvo antes y no solo se fue, sino que rompió algo adentro mío. No fue un final prolijo. Fue una grieta. Un antes y un después.

Desde entonces, el amor no se me cae fácil de la boca. Se me queda atravesado en el pecho, como una palabra que pesa más de lo que debería.

La persona que hoy me ama no es responsable de esa herida. Lo sé. No tiene la culpa de mi miedo, ni de mi silencio, ni de este nudo que aparece justo cuando debería decir “yo también”.

Y aun así, no puedo mentir. Porque decir “te amo” cuando una parte tuya sigue rota no es valentía. Es abandono propio.

Hay algo mío que todavía está en reparación. Como una casa después de un terremoto: desde afuera parece en pie, pero adentro hay paredes agrietadas que nadie ve.

No es que no quiera amar. Es que todavía estoy aprendiendo a confiar en que amar no siempre termina en pérdida. Y mientras tanto, escucho ese “te amo” como quien recibe un regalo hermoso pero todavía no se anima a desenvolverlo.

Tal vez amar, esta vez, empiece distinto. No con una declaración, sino con paciencia. Con verdad. Con el permiso de decir: todavía no puedo, pero estoy acá.

Porque sanar no es olvidar lo que dolió. Es animarse a no romperse de nuevo por apurarse.

La otra

 Algo se acomodó de una forma brutalmente clara ella no era la otra. La otra era yo. No porque hubiera llegado después. No porque supiera. N...