Hay alguien que llegó a mi vida y me ama. Me lo dice con palabras claras, con gestos, con presencia. No tengo dudas de eso.
Y sin embargo, cuando me dice “te amo”, algo en mí se queda quieto. No porque no lo sienta. No porque no quiera. Sino porque hay una parte mía que todavía no volvió a su lugar.
Alex estuvo antes y no solo se fue, sino que rompió algo adentro mío. No fue un final prolijo. Fue una grieta. Un antes y un después.
Desde entonces, el amor no se me cae fácil de la boca. Se me queda atravesado en el pecho, como una palabra que pesa más de lo que debería.
La persona que hoy me ama no es responsable de esa herida. Lo sé. No tiene la culpa de mi miedo, ni de mi silencio, ni de este nudo que aparece justo cuando debería decir “yo también”.
Y aun así, no puedo mentir. Porque decir “te amo” cuando una parte tuya sigue rota no es valentía. Es abandono propio.
Hay algo mío que todavía está en reparación. Como una casa después de un terremoto: desde afuera parece en pie, pero adentro hay paredes agrietadas que nadie ve.
No es que no quiera amar. Es que todavía estoy aprendiendo a confiar en que amar no siempre termina en pérdida. Y mientras tanto, escucho ese “te amo” como quien recibe un regalo hermoso pero todavía no se anima a desenvolverlo.
Tal vez amar, esta vez, empiece distinto. No con una declaración, sino con paciencia. Con verdad. Con el permiso de decir: todavía no puedo, pero estoy acá.
Porque sanar no es olvidar lo que dolió. Es animarse a no romperse de nuevo por apurarse.