miércoles, 25 de marzo de 2026

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no era un “tal vez”. Era eso. Era él. Y era ahora.

Me subí a un colectivo con el corazón en la garganta, con las manos temblando y una valentía que hoy no sé de dónde saqué. Trescientos cuarenta y siete kilómetros no eran distancia cuando una cree que el amor lo justifica todo. Yo iba a decirle lo que sentía, a ponerlo todo sobre la mesa, a dejar de callarme. Iba a cambiar la historia.

Pero la historia no cambió.

Lo tomé por sorpresa. Él no me amaba. Tenía otros compromisos, otra vida, otros tiempos que no eran los míos. Y yo, que había viajado con el alma abierta, tuve que volver con las palabras todavía latiendo adentro.

Después la vida hizo lo suyo. Nos siguió cruzando, como si quisiera insistir con algo que nunca terminaba de suceder. Nos encontramos en momentos distintos, siempre a destiempo. Él con alguien. Yo intentando construir otra cosa. Yo casándome. Yo rompiéndome. Yo volviendo a empezar.

Y en cada uno de esos encuentros había algo intacto, algo que no se había movido nunca del todo. Pero tampoco alcanzaba. Nunca alcanzaba.

Hasta que hace unos días pasó.

Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, me dijo eso que hace años había ido a buscar en un colectivo: Que me amaba.

Y yo, que imaginé tantas veces ese momento, no supe qué hacer con él. ¿El amor, aunque llegue tarde, es lo mismo?. Porque decirlo no es lo mismo que elegirlo.

Porque yo, a los 18, crucé kilómetros por él. Y hoy entiendo que cada uno ama como puede, como sabe, como le nace. Yo fui impulso, fui certeza, fui ese viaje sin garantías. Él, en cambio, fue silencio, fue cautela, fue quedarse. No hay deuda en eso. No hay reproche. Solo dos maneras distintas de habitar lo mismo.

Pero a veces, incluso cuando el amor es real, no alcanza si no camina en la misma dirección. Y entonces entendí que hay amores que son enormes, pero no suficientes. Que pueden ser verdaderos, pero no valientes. Que pueden sentirse para siempre… y aún así no elegirse.

Y eso —más que todo lo demás— es lo que duele.

lunes, 23 de marzo de 2026

Sin título

A veces pienso en lo poco que tuvimos… y en todo lo que en realidad quería. Que no se confunda, no reniego del pasado, intento aprender de el. 

Porque lo nuestro fue muchas cosas, pero nunca fue simple.

Nunca fue un “paso a buscarte”. Nunca fue un mate en una plaza con el tiempo de nuestro lado. Nunca fue caminar por las sierras sin apuro, sin pensar en cuándo termina.

En 15 años, nunca tuvimos una cita de verdad. Y sin embargo, nos quisimos. Nos queremos. 

De esa forma intensa que alcanza para marcarte, pero no para quedarse. Yo no quería tanto. O sí… pero distinto.

Quiero lo cotidiano. Reírme con vos sin que sea una excepción. Tu mano en la mía sin sentir que es un préstamo. Poder decirte que te amo sin calcular el momento.

Decírtelo porque sí. Porque me nace. Porque te estoy mirando y no hay nada más que agregar. A veces imagino esas escenas. Son tan simples que duelen.

Vos llegando. Un mate compartido. Una caminata cualquiera. Una vida que no se escapa. Y me pregunto en qué momento lo simple se volvió imposible para nosotros.

Porque no es falta de amor. Nunca lo fue. Pero tampoco fue elección. Y hay algo que se quiebra cuando entendés eso: que alguien puede amarte…y aun así no elegirte.

Yo, en cambio, siempre quise eso. No lo intenso. No lo que aparece y desaparece. Sino lo que se queda. Lo que se construye.

Lo que permite decir “te amo”, todas las veces que haga falta… sin miedo a que sea la última.

domingo, 22 de marzo de 2026

Está vez, si.

A veces el amor no es lo que vivimos, sino lo que seguimos imaginando.

Hay noches en las que cierro los ojos y te veo llegando.

No como antes. No a medias, no con dudas, no con ese miedo que siempre se nos metía en el medio. Te veo distinto. Seguro. Decidido. Como si finalmente hubieras entendido algo que yo vengo sintiendo hace tanto.

En esa escena no hay explicaciones largas. No hacen falta. Solo estás vos, mirándome como si esta vez no hubiera lugar para irse, y diciendo, casi en un susurro, que ahora sí. Que ahora sí querés.

Y entonces todo se acomoda. El tiempo deja de doler, la espera encuentra sentido, y este amor —que tantas veces quedó suspendido—por fin toca el suelo.

Pero abro los ojos. Y la realidad es otra. No hay pasos acercándose, no hay certezas, no hay un “ahora sí” que llegue a salvar todo lo que quedó inconcluso. Y sin embargo, te sigo extrañando.

Como se extraña algo que no fue del todo, pero que se sintió demasiado. Te extraño en las cosas simples, en los momentos que imagino sin darme cuenta, en las versiones de nosotros que solo existen en mi cabeza pero que, de alguna manera, se sienten reales.

Porque lo que yo quiero no es solo volver a verte. Es que me elijas. Que un día, entre todas las posibilidades que tiene tu vida, decidas que soy yo.

Sin miedo. Sin excusas. Sin tiempos que no coinciden.

Es un deseo silencioso, de esos que no se dicen en voz alta porque pesan demasiado. Pero vive en mí.

Como una historia que todavía no empezó, pero que insiste en existir.

Y a veces me pregunto si hay amores que están destinados a quedarse en ese lugar: en el de lo que podría haber sido, en el de las puertas que nunca se terminan de abrir, en el de la espera que no tiene final.

O si, en algún momento,vas a aparecer y esta vez sí.

Siempre, vos.

No es que tenga ganas de amar a alguien. Eso sería más fácil. Más liviano. Más lógico, incluso.

Si fuera por eso, me quedaría con lo simple. Con el que está. Con el que cuida. Con el que no duda. Con el que no me hace esperar. Pero no. No son ganas de amar a alguien. Son ganas de amarte a vos.

Y eso cambia todo. Porque cuando me dijiste “vos tenés muchas ganas de amar a alguien”, sentí que no me estabas viendo.

Que reducías todo esto —todo lo que soy cuando te nombro, incluso en silencio— a una necesidad genérica, reemplazable. Como si fueras uno más.

Y no lo sos. Hace diez años que no lo sos.  Hace diez años que espero algo muy simple y, al mismo tiempo, inmenso: que te la juegues.

Que por una vez no haya dudas, ni tiempos a medias, ni palabras que se escapan en conversaciones tensas. Que lo que sentís no se filtre por accidente, sino que se diga de frente. Que me elijas sin tener que adivinarte. Porque yo ya elegí.

Y sí, podría elegir distinto. Podría elegir paz. Podría elegir a alguien que me quiera fácil. Pero hay algo profundamente honesto —y un poco trágico— en saber exactamente a quién querés, y aun así no poder soltarlo.

No es terquedad. No es costumbre. No es miedo a estar sola. Es amor.

Uno que no se me pasa con el tiempo, ni con otras manos, ni con versiones más correctas de lo que debería ser. Es el mismo amor que, a pesar de todo, sigue esperando que un día me mires y no dudes más.

Que entiendas que nunca se trató de amar a alguien. Que siempre se trató de vos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Solo quizás.

Hay momentos de la intimidad que no tienen que ver con el deseo, sino con la vulnerabilidad. Recuerdo que por momentos la luz quedaba prendida. Y él miraba mi piel.

No era una mirada rápida ni distraída. Era de esas miradas que se quedan un rato, como si estuvieran tratando de recordar algo. Yo fingía que tenía frío.

Me acercaba un poco más, me cubría con la sábana, hacía esos pequeños movimientos que parecen casuales. Pero en realidad no lo eran. La verdad es que me sentía un poco intimidada.

Nunca fui una persona insegura de su cuerpo. Siempre habité mi piel con bastante tranquilidad. Pero esa noche había algo distinto. Tal vez era porque él se veía tan hermoso. Tan tranquilo, tan cerca, tan real… que por un momento me pregunté si realmente le gustaba lo que estaba viendo.

Es curioso cómo funciona la intimidad. Podés sentirte segura durante años… y aun así, frente a alguien que te importa de verdad, aparece una pequeña fragilidad que no sabías que existía. Una pregunta silenciosa. ¿Le gustará mi cuerpo tanto como a mí me gusta el suyo? No lo pregunté.

A veces las preguntas rompen la magia de los momentos. A veces también tenemos miedo de escuchar la respuesta. Pero si pienso en la noche entera, creo que el lenguaje de los cuerpos también dice cosas.

Nos buscamos varias veces, como si ninguno de los dos quisiera que el tiempo avanzara demasiado rápido. Y en medio de esa repetición de abrazos, de piel y de silencio, creo que estaba la respuesta que no me animé a pedir con palabras. Hay miradas que dicen mucho.

Y esa noche, cada vez que levantaba los ojos y lo encontraba mirándome así… sentía que quizás, solo quizás, sí le gustaba lo que veía.

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no ...