lunes, 16 de marzo de 2026

Solo quizás.

Hay momentos de la intimidad que no tienen que ver con el deseo, sino con la vulnerabilidad. Recuerdo que por momentos la luz quedaba prendida. Y él miraba mi piel.

No era una mirada rápida ni distraída. Era de esas miradas que se quedan un rato, como si estuvieran tratando de recordar algo. Yo fingía que tenía frío.

Me acercaba un poco más, me cubría con la sábana, hacía esos pequeños movimientos que parecen casuales. Pero en realidad no lo eran. La verdad es que me sentía un poco intimidada.

Nunca fui una persona insegura de su cuerpo. Siempre habité mi piel con bastante tranquilidad. Pero esa noche había algo distinto. Tal vez era porque él se veía tan hermoso. Tan tranquilo, tan cerca, tan real… que por un momento me pregunté si realmente le gustaba lo que estaba viendo.

Es curioso cómo funciona la intimidad. Podés sentirte segura durante años… y aun así, frente a alguien que te importa de verdad, aparece una pequeña fragilidad que no sabías que existía. Una pregunta silenciosa. ¿Le gustará mi cuerpo tanto como a mí me gusta el suyo? No lo pregunté.

A veces las preguntas rompen la magia de los momentos. A veces también tenemos miedo de escuchar la respuesta. Pero si pienso en la noche entera, creo que el lenguaje de los cuerpos también dice cosas.

Nos buscamos varias veces, como si ninguno de los dos quisiera que el tiempo avanzara demasiado rápido. Y en medio de esa repetición de abrazos, de piel y de silencio, creo que estaba la respuesta que no me animé a pedir con palabras. Hay miradas que dicen mucho.

Y esa noche, cada vez que levantaba los ojos y lo encontraba mirándome así… sentía que quizás, solo quizás, sí le gustaba lo que veía.

domingo, 15 de marzo de 2026

Hay un lugar

Hay un lugar al que siempre vuelvo cuando necesito recordar quién soy. Un pueblo pequeño, de calles tranquilas y silencios largos, donde alguna vez fui profundamente feliz. Yo lo llamo mi lugar feliz. No porque todo haya sido perfecto, sino porque ahí aprendí lo que se siente vivir con el corazón abierto.

Cada vez que la vida pesa un poco más de lo normal, viajo hasta ahí. No siempre con el cuerpo, a veces solo con la memoria. Pero esta vez sí fui.

Caminé las mismas calles, respiré ese mismo aire que siempre me calma. Y entre tantos recuerdos que viven en ese lugar, apareció uno que yo no esperaba encontrar de nuevo: mi amor de siempre.

Nos miramos como se miran las personas que ya se conocen el alma. Sin explicaciones, sin reproches, sin tener que contar todo lo que pasó en los años que quedaron en el medio.

Hay personas con las que el tiempo no rompe el hilo invisible que alguna vez existió. Hablamos, nos reímos, recordamos. Y en medio de esa noche, como si estuviéramos diciendo algo que llevaba mucho tiempo guardado, le dije que lo amaba, me dijo que yo siempre había sido el amor de su vida.

No sé si existen las frases que llegan tarde, o si simplemente llegan cuando tienen que llegar. Pero esa noche se sintió verdadera.  Pasamos unas horas que parecían suspendidas del tiempo. Como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa para dejarnos recordar lo que alguna vez fuimos el uno para el otro.

Nos reímos, nos abrazamos, nos miramos mucho. Como hacen las personas que saben que están viviendo algo que no va a repetirse. Porque también sabemos algo más: que más allá de esa noche, nuestros caminos siguen separados. No por falta de amor, sino por esas circunstancias de la vida que a veces escriben historias hermosas… pero cortas.

Y sin embargo, hoy me voy de este lugar con una certeza muy tranquila dentro del pecho. Hay amores que no necesitan durar para siempre para ser reales.

Hay amores que viven en un lugar más extraño y más profundo: en la memoria, en los lugares que guardan nuestras mejores versiones, en las noches que no se olvidan.

Quizás no volvamos a elegirnos en esta vida. Pero en algún rincón de ese lugar feliz, donde todo empezó, yo sé que seguimos existiendo.

Y de alguna manera, eso también es amor.

viernes, 6 de marzo de 2026

Por favor, volvé.

Me equivoqué, todo este tiempo. Muchas veces sentí que te estaba escribiendo a vos y en realidad era mi rabia... Escribiéndome a mi. 

Te infle los miedos como un globo y en realidad era yo la que tenía miedo, vos fuiste capaz de hacer lo que yo no. 

Vos tiraste la granada que a mí me estaba por explotar en el corazón. Escribí pensando que escribía sobre vos, pero la realidad era otra, siempre fui yo la que tuvo miedo. 

Me ate a la idea de que te había perdido, cuando nunca te tuve... Ni vos a mí. Fuiste muy valiente, sabes? Siempre pensé que lo más humano que podemos hacer es ser sinceros, pero vos ni siquiera eso fuiste. 

Si me muriera ahora, vos serías el amor de mi vida. Me di cuenta que no sos eso en lo que yo te converti, y creo que es lo más triste. Me equivoqué, como siempre. Desde el inicio hasta ahora. Vos nunca tuviste miedo. 

Estoy aprendiendo a amarte sin tenerte. Me estoy haciendo a la idea, que lo que solíamos tener no era más que un berrinche doméstico barato. 

Que lo que tenemos o no tenemos ahora, es lo más real que nos pasó. Sos la suela de la zapatilla a medio despegar, y los zapateros cada vez laburan menos. Si yo no paro de hablar es simplemente por qué no puedo. 

Acá de este lado, me hago la "escritora". Enmudecida por todas las palabras que no dijiste, y que entendí a la perfección. Lo estoy intentando, quiero que esté dolor por fin termine.

Tomemos una birrita.

A veces no duele solo lo que pasó.
Duele también lo que nunca pasa.

Sigo esperando algo tan simple. Un mensaje que diga:
“Hola, ¿tomamos una birrita y charlamos? Cerremos esto”.

No para volver. No para discutir.
Ni siquiera para que me pidas perdón. Solo para entender.

Para que me mires a los ojos y me digas por qué. Por qué tanta mentira.
Por qué tanta historia inventada. Por qué hacerme creer cosas que no eran verdad.

Porque cuando alguien te rompe el corazón, lo que queda después no es solo tristeza.
Quedan preguntas. Y las preguntas son un eco que no se apaga.

A veces imagino esa escena simple. Una mesa cualquiera.
Dos vasos transpirados sobre la madera. Y una conversación honesta que llega tarde, pero llega.

Algo humano. Algo real.

Pero el mensaje nunca aparece.

Y entonces el silencio empieza a decir cosas. Cosas que duelen más que cualquier verdad. Porque el silencio también es una respuesta.

Es la forma más fría de decir que no te importa reparar lo que rompiste. Y mientras tanto, uno sigue acá.
Intentando cerrar una puerta que el otro dejó abierta. Esperando una charla que probablemente nunca llegue.

jueves, 5 de marzo de 2026

Angel

Se llama Ángel. Y no pude evitar pensar en lo extraño que es eso.

Porque llegó a mi vida tratándome bien. Cuidándome.
Preguntándome cómo estoy. Prestando atención a detalles que durante mucho tiempo parecieron no importarle a nadie.

A veces me escribe solo para saber si comí. O si dormí bien. O si tuve un buen día.

Y en esos momentos siento algo raro… como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada.

Porque Ángel tiene algo suave. Algo paciente. Algo que no empuja, que no exige, que no lastima. Y entonces entiendo por qué su nombre me hace tanto ruido. Porque parece, de alguna forma, un pequeño ángel que apareció en medio de mi historia.

Pero hay algo que él no sabe. Hay un lugar dentro de mi corazón que todavía está vacío.
Un lugar que tiene nombre. Alex.

Y lo más extraño de todo es que ese vacío sigue ahí incluso cuando alguien me trata bien. Incluso cuando alguien me mira con ternura. Incluso cuando alguien parece querer quedarse.

Es difícil explicar lo que se siente. Porque desde afuera podría parecer que la vida me está dando otra oportunidad. Que alguien bueno llegó. Y tal vez sea verdad. Pero el corazón no funciona como una puerta que se cierra y se abre para alguien nuevo. A veces es más parecido a una casa después de una tormenta.

Las paredes siguen en pie. Pero hay ventanas rotas. Cosas fuera de lugar. Silencios que todavía no saben cómo volver a llenarse. Y hay algo más. Algo que casi nadie sabe.

Antes de que todo se rompiera, yo le hice una promesa a Alex. Un juramento silencioso.

Le dije que lo iba a esperar. Que cuando él volviera… yo iba a seguir ahí. Que iba a darle el tiempo que necesitara para arreglar lo que había roto entre nosotros. Y a veces me pregunto si fui ingenua por prometer algo así.

Pero hay promesas que uno no hace con la cabeza. Las hace con el corazón. Y el corazón, incluso cuando está roto, sigue tomándolas en serio. Entonces pasa algo extraño.

Un ángel aparece en tu vida… mientras vos todavía estás cumpliendo una promesa hecha a alguien que ya no está. Y yo no sé cuánto tiempo se espera a alguien que te rompió el corazón. No sé si las promesas sobreviven a las heridas.

Solo sé que hay un ángel que me trata con una ternura que no conocía… y un vacío dentro mío que todavía tiene nombre.

Solo quizás.

Hay momentos de la intimidad que no tienen que ver con el deseo, sino con la vulnerabilidad. Recuerdo que por momentos la luz quedaba prendi...