Hoy abrí Instagram y me encontré con un video que no estaba buscando pero que parecía estar buscándome a mí.
Un reel tuyo. Con ella.
Navidad. Año nuevo. Vacaciones. Conciertos. Abrazos. Risas. Besos. Momentos.
Momentos que eran exactamente los que yo había imaginado con vos.
Y no fue solo verte feliz. Fue verte viviendo la vida que yo soñé. Pero sin mí.
Hay un tipo de dolor muy particular en ver a alguien construir con otra persona la historia que te prometió —o que vos creíste que estaban escribiendo juntos.
No es solo celos. No es solo nostalgia. Es una especie de reemplazo visual. Como si alguien hubiera tomado el futuro que vos estabas esperando y lo hubiera puesto en manos de otra persona. Y encima, con música linda de fondo.
El reel duraba menos de un minuto. Pero a mí me atravesó años. Porque en cada escena había algo que yo también quise:
Brindar con vos en fiestas. Viajar. Reírnos en lugares nuevos. Sacarnos fotos espontáneas. Ser elegida en público. Ser elegida en privado. Ser elegida.
Lo que más duele no es que hoy estés con ella. Es que esas versiones tuyas —amorosa, presente, compañero, orgulloso— sí existen. Solo que no existieron conmigo.
Y esa es una herida difícil de explicar. Porque te hace preguntarte cosas que lastiman: ¿Por qué con ella sí? ¿Por qué conmigo no? ¿Qué me faltó? ¿Por qué no fui suficiente para que me ames así?
El reel terminó. Pero yo me quedé mirando la pantalla negra como si algo adentro mío también se hubiera apagado. No porque te ame todavía. Sino porque duele descubrir que la historia que una lloró sí era posible. Solo que no era con una.
Hoy no me rompiste el corazón de nuevo. Pero sí abriste la cicatriz. Y entendí algo que es incómodo aceptar: A veces no extrañamos a la persona.
Extrañamos la vida que creíamos que íbamos a tener con ella.
Y verla… existiendo con otra es como asistir en silencio al funeral de un futuro que nunca nació.