Hay momentos de la intimidad que no tienen que ver con el deseo, sino con la vulnerabilidad. Recuerdo que por momentos la luz quedaba prendida. Y él miraba mi piel.
No era una mirada rápida ni distraída. Era de esas miradas que se quedan un rato, como si estuvieran tratando de recordar algo. Yo fingía que tenía frío.
Me acercaba un poco más, me cubría con la sábana, hacía esos pequeños movimientos que parecen casuales. Pero en realidad no lo eran. La verdad es que me sentía un poco intimidada.
Nunca fui una persona insegura de su cuerpo. Siempre habité mi piel con bastante tranquilidad. Pero esa noche había algo distinto. Tal vez era porque él se veía tan hermoso. Tan tranquilo, tan cerca, tan real… que por un momento me pregunté si realmente le gustaba lo que estaba viendo.
Es curioso cómo funciona la intimidad. Podés sentirte segura durante años… y aun así, frente a alguien que te importa de verdad, aparece una pequeña fragilidad que no sabías que existía. Una pregunta silenciosa. ¿Le gustará mi cuerpo tanto como a mí me gusta el suyo? No lo pregunté.
A veces las preguntas rompen la magia de los momentos. A veces también tenemos miedo de escuchar la respuesta. Pero si pienso en la noche entera, creo que el lenguaje de los cuerpos también dice cosas.
Nos buscamos varias veces, como si ninguno de los dos quisiera que el tiempo avanzara demasiado rápido. Y en medio de esa repetición de abrazos, de piel y de silencio, creo que estaba la respuesta que no me animé a pedir con palabras. Hay miradas que dicen mucho.
Y esa noche, cada vez que levantaba los ojos y lo encontraba mirándome así… sentía que quizás, solo quizás, sí le gustaba lo que veía.