Si la querés, andá.
Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta.
Pero andá.
Porque hay personas que no se van porque dejaron de amar. Se van porque se cansaron de esperar que las elijan. Y un día, cuando mires su foto y sientas ese vacío insoportable en el pecho, no digas que el tiempo fue cruel.
El tiempo no hizo nada. La viste irse. Y no moviste un solo músculo para detenerla.
No estoy hablando de insistir donde te dijeron que no. Hablo de hablar antes de que sea tarde. De pelear por lo que vale mientras todavía existe la posibilidad de abrazarlo.
Porque después llegan las frases que empiezan con "si hubiera..."
Si hubiera ido. Si hubiera llamado. Si hubiera dicho lo que sentía. Si hubiera tenido cinco minutos más de valentía. Pero los "hubiera" no abrazan a nadie.
No besan. No construyen hogares. No devuelven personas. Así que, boludo...
Si todavía la querés, andá a buscarla. Decile que la extrañás. Decile que te equivocaste. Decile que tenés miedo.
Las personas no necesitan héroes; necesitan honestidad. Y si te dice que no, al menos vas a poder dormir sabiendo que hiciste todo lo que estaba en tus manos.
Pero si nunca vas...
Vas a pasar años inventando conversaciones que jamás ocurrieron, imaginando una vida que nunca existió y preguntándote cómo habría sido despertar al lado de la única persona por la que valía la pena tragarse el orgullo.
No dejes que el amor de tu vida termine siendo una anécdota que contás empezando con: "¿Sabés qué pasa? Nunca me animé."
Porque, a veces, el gesto más romántico del mundo no es escribir un poema. Es tocar el timbre.
Es decir: "No quiero perderte."
Y esperar la respuesta con el corazón temblando.