sábado, 1 de agosto de 2026

No seas boludo

Si la querés, andá. 

Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta.

Pero andá.

Porque hay personas que no se van porque dejaron de amar. Se van porque se cansaron de esperar que las elijan. Y un día, cuando mires su foto y sientas ese vacío insoportable en el pecho, no digas que el tiempo fue cruel.

El tiempo no hizo nada. La viste irse. Y no moviste un solo músculo para detenerla.

No estoy hablando de insistir donde te dijeron que no. Hablo de hablar antes de que sea tarde. De pelear por lo que vale mientras todavía existe la posibilidad de abrazarlo.

Porque después llegan las frases que empiezan con "si hubiera..."

Si hubiera ido. Si hubiera llamado. Si hubiera dicho lo que sentía. Si hubiera tenido cinco minutos más de valentía. Pero los "hubiera" no abrazan a nadie.

No besan. No construyen hogares. No devuelven personas. Así que, boludo...

Si todavía la querés, andá a buscarla. Decile que la extrañás. Decile que te equivocaste. Decile que tenés miedo.

Las personas no necesitan héroes; necesitan honestidad. Y si te dice que no, al menos vas a poder dormir sabiendo que hiciste todo lo que estaba en tus manos.

Pero si nunca vas...

Vas a pasar años inventando conversaciones que jamás ocurrieron, imaginando una vida que nunca existió y preguntándote cómo habría sido despertar al lado de la única persona por la que valía la pena tragarse el orgullo.

No dejes que el amor de tu vida termine siendo una anécdota que contás empezando con: "¿Sabés qué pasa? Nunca me animé."

Porque, a veces, el gesto más romántico del mundo no es escribir un poema. Es tocar el timbre.

Es decir: "No quiero perderte."

Y esperar la respuesta con el corazón temblando.

La calma del amor

Prometeme que, si un día me da miedo el amor y empiezo a huir, me vas a recordar que con vos no tengo que esconderme.

Voy a hacer chistes para disimular que me gustas muchísimo, teneme paciencia, es mi forma torpe de bajar las defensas. 

Me gustas por qué tenés esa clase de mirada que hace que quiera contar verdades que escondería hasta de mi misma.

Sos un peligro, me haces imaginar domingos de cama con pelis, y yo siempre fui más de despedidas y resacas.

No quiero que me prometas para siempre, quiero que cada vez que puedas irte, elijas quedarte.

Antes confundía intensidad con amor, después llegaste y entendí que la calma también puede hacerte temblar las piernas. 

Lo más sexy que hiciste no fue tocarme, fue tratarme con cuidado.

No quiero asustarte pero prepárate para escucharme escribirte textos mientras me fumo un pucho en la ventana y me hago la poeta maldita. 

Voy a ponerte nervioso a propósito, solo para después sentarme en tus piernas y hacer como si yo no hubiera provocado el incendio.

Me da miedo por qué siempre sentí las cosas demasiado fuerte. Voy a escribir muchísimo, perdón, es inevitable. Hay personas que se convierten en poesía a penas llegan. 

Pensaba que los domingos eran solo una habitación hasta que empecé a imaginar tu risa haciendo eco.

Sos esa clase de problema por la que vale la pena llegar tarde a todo.

Si supieras la de poemas que llevan tu nombre escondido bajo entre líneas. Me siento vulnerable sin que parezca una derrota. 

Que raro eso de encontrar ternura entre tanta ruina emocional.

viernes, 17 de julio de 2026

Quizás nunca pase.

Hay personas que uno deja ir. Y hay otras que, aunque ya no estén, siguen habitando un rincón de la esperanza.

Pasó el tiempo. Hice lo que se supone que hay que hacer: seguí adelante. Trabajé, conocí gente nueva, aprendí a reír otra vez. La vida, por afuera, no se detuvo nunca.

Pero hay algo que el tiempo no supo hacer.

Todavía hay una parte de mí que espera que Alexander vuelva. No para empezar de nuevo. Ni siquiera para recuperar lo que fuimos. Solo para hacerse cargo de lo que rompió.

Porque hay heridas que no duelen por el abandono, sino por el silencio que vino después. Por la ausencia de un "perdón", de una explicación, de ese mínimo acto de valentía que implica mirar el desastre que uno dejó en otra persona.

Dicen que nadie nos debe un cierre. Quizás sea verdad. Pero el corazón no entiende de teorías. El corazón insiste en imaginar esa conversación que nunca ocurrió, ese abrazo que llegó tarde, esas palabras capaces de acomodar, aunque sea un poco, las ruinas.

Y lo peor es que la esperanza no siempre hace ruido. A veces se disfraza de costumbre. De repente escuchás una canción y pensás en él. Pasás por una calle y lo imaginás doblando la esquina. Mirás el teléfono sabiendo que no va a sonar, pero una parte de vos sigue creyendo que algún día aparecerá.

No porque necesite volver a amarlo.

Sino porque necesito creer que el hombre que destrozó mi corazón también es capaz de reconocer que lo hizo.

Quizás nunca pase.

Quizás el tiempo no cure todas las heridas; simplemente nos enseñe a convivir con ellas.

Y aun así, hay noches en las que sigo deseando lo imposible: que Alexander toque la puerta, no para pedirme otra oportunidad, sino para devolverme la paz que se llevó cuando decidió irse sin reparar el daño.

Porque hay amores que terminan.

Y hay despedidas que nunca terminan de suceder.

martes, 9 de junio de 2026

La chica del proceso.

Hay días en los que siento que fui una estación y no un destino.

Esa persona llegó a mi vida con las valijas desordenadas, con heridas que todavía sangraban, con miedos que no sabía nombrar y con una versión de sí misma que todavía estaba incompleta. Y yo me quedé. Escuché. Comprendí. Tuve paciencia. Le enseñé, sin proponérmelo, que el amor podía ser tranquilo, que una conversación podía resolver más que un silencio, que alguien podía elegir quedarse incluso cuando era difícil.

Y después se fue.

A veces pienso que existe una tristeza muy particular: la de ser la chica del proceso. La que acompaña la transformación, la que sostiene mientras todo está roto, la que ayuda a reconstruir los pedazos. La que ve cómo alguien aprende a amar mejor, a comunicarse mejor, a valorar mejor. Pero que no llega a disfrutar de ninguna de esas versiones nuevas.

Porque el resultado siempre parece pertenecerle a otra persona.

Y entonces aparecen las fotos. Las sonrisas. Los gestos que antes no existían. Las promesas que antes parecían imposibles. Y duele preguntarse por qué aquello que costó tanto construir junto a vos termina siendo entregado tan fácilmente a alguien más.

Duele sentir que fuiste el borrador de una historia que otra persona terminó publicando. Que fuiste la práctica antes del examen. Que fuiste el capítulo que todos necesitan leer para entender el final, pero que nadie recuerda cuando llega el momento de celebrar.

Lo sé. Sé que las personas no cambian únicamente por una sola persona. Sé que cada uno es responsable de su propio crecimiento. Pero también sé que hay huellas que quedan. Conversaciones que enseñan. Amores que transforman. Y es difícil no sentir una punzada cuando descubrís que parte de lo que hoy ofrece a alguien más nació en los días que compartió con vos.

La chica del proceso rara vez recibe el aplauso. Recibe las dudas, las inseguridades, los errores y los intentos fallidos. Recibe la versión que todavía está aprendiendo. Y cuando por fin esa persona entiende cómo hacerlo mejor, a veces ya no está a su lado.

Quizás la parte más triste no sea que se haya ido. Quizás la parte más triste sea preguntarse si alguna vez alguien hará por mí lo que yo hice por otros. Si alguna vez dejaré de ser el puente para convertirme en el lugar al que alguien quiere llegar. Porque cansa ser siempre quien enseña.

Cansa ser siempre quien espera.

Cansa mirar hacia atrás y descubrir que ayudaste a florecer jardines en los que nunca pudiste quedarte.

Pero aun así, hay algo que intento recordar cuando la tristeza aprieta: las personas que pasan por nuestra vida se llevan cosas de nosotros, sí. Aprenden. Cambian. Crecen. Pero nosotros también.

Y aunque hoy duela sentirme la chica del proceso, tal vez todavía no conozco a la persona que llegará cuando mi propio proceso termine.

Tal vez algún día alguien encuentre la versión de mí que sobrevivió a todas estas despedidas y decida quedarse para ver el resultado.

viernes, 5 de junio de 2026

Querido diario.

Querido diario, hoy no pensé en Alex.

No pensé en él cuando sonó una canción que antes me habría hecho detener todo para escucharla con el corazón apretado.

No pensé en él cuando miré el teléfono y no encontré ningún mensaje suyo.

No pensé en él cuando pasé por lugares que todavía guardan ecos de conversaciones, risas y promesas que ya no sé si existieron de verdad o si las inventé para sobrevivir a su ausencia.

Hoy no pensé en Alex. O al menos eso intenté decirme.

Porque la verdad es que pensé en él cuando me desperté y tardé unos segundos en recordar que sigue sin estar. Pensé en él cuando tomé un café sola. Pensé en él cuando algo me hizo reír y sentí el impulso automático de querer contárselo. Pensé en él cuando el día se puso gris y también cuando salió el sol.

Pensé en él en todos esos pequeños espacios donde antes estaba su nombre. Y me di cuenta de algo extraño: ya no duele exactamente igual.

No es que haya desaparecido el dolor. Sigue ahí. Sigue apareciendo sin avisar, como una vieja herida que recuerda que existe cuando cambia el clima. Pero ya no ocupa toda la habitación. Ya no consume cada pensamiento. Ya no es el único idioma que habla mi corazón.

Hay momentos, cada vez más largos, donde vuelvo a ser yo. La chica que escribe. La que imagina. La que se ríe de cosas absurdas. La que sueña proyectos imposibles. La que ama las historias, las serpientes de Slytherin, los diseños a medio terminar y las ideas que aparecen a las tres de la mañana.

Y entonces pasa algo que todavía me cuesta aceptar: la vida continúa incluso cuando una persona se va. No porque deje de importar. No porque el amor haya sido mentira. Sino porque el tiempo, obstinado y silencioso, sigue avanzando aunque una parte de nosotros quiera quedarse esperando en la misma estación. Hoy no pensé en Alex.

Mentira. Pensé en él. Pero también pensé en mí.

Y después de tanto tiempo, eso ya es algo. Quizás incluso sea el comienzo de algo que todavía no sé nombrar. Porque entre todos los pensamientos que me dejó su ausencia, de a poco empieza a aparecer uno nuevo:

¿Qué pasa si algún día mi historia vuelve a tratarse de mí?

No seas boludo

Si la querés, andá.  Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta. Pero andá. Porque hay personas que no se van...