viernes, 15 de mayo de 2026

Lo que queda después del sismo.

Hace poco hablé de un deseo de cumpleaños, de velas prendidas en el silencio de la noche y de esa esperanza terca que se niega a morir. Hablé de esperar que alguien cruce la puerta. Hoy, con los días un poco más fríos y la rutina encima, me doy cuenta de que esa espera no se pasa tan rápido. No hay un botón de reinicio que borre el dolor de golpe.

A veces la gente habla de la superación como si fuera un camino recto. Te dicen que te enfoques en tus proyectos, en tu carrera, en tus cosas. Y yo lo hago. Trabajo horas frente a la pantalla, diseño, le doy forma a mis ideas, avanzo y le pongo el cuerpo a los días. Mi mundo creció, es verdad, y estoy orgullosa de las cosas que estoy logrando por mi cuenta. Pero mentiría si dijera que el éxito profesional llena todos los vacíos. En el fondo, en ese espacio que aparece cuando se apaga la luz de la computadora, la ausencia sigue estando ahí, latente. 

Es una sensación extraña. Es saberse fuerte para armar una vida nueva, pero al mismo tiempo sentir la frustración de tener que juntar los pedazos de algo que yo no rompí. Porque madurar también es convivir con esa contradicción: la de seguir adelante con los días mientras una parte tuya todavía espera que quien causó el daño regrese a arreglarlo. Esperar un reconocimiento, una explicación, o simplemente que se haga cargo del desorden que dejó al irse.

A veces me pregunto si el que mira desde afuera, el que se asoma a mi vida de reojo o me lee en el silencio de la madrugada, entiende lo que cuesta sostener esta estructura. Si sabe que detrás de cada diseño nuevo, de cada logro y de cada paso hacia adelante, todavía hay una herida que escuece. Que el hecho de que pueda seguir caminando no significa que no me duela la forma en que se rompieron las cosas. El tiempo pasa, y si, todavía duele.

No sé si los deseos de cumpleaños tienen fecha de vencimiento. Tampoco sé si el tiempo realmente lo cura todo o si solo nos acostumbra al peso. Lo único que sé es que sigo acá, lidiando con la paradoja de construir un presente hermoso, mientras sostengo, con la otra mano, la memoria de lo que pudo haber sido. Esperando, muy en el fondo, que las cosas que se rompieron encuentren alguna vez su propia justicia.

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