Hay personas que uno deja ir. Y hay otras que, aunque ya no estén, siguen habitando un rincón de la esperanza.
Pasó el tiempo. Hice lo que se supone que hay que hacer: seguí adelante. Trabajé, conocí gente nueva, aprendí a reír otra vez. La vida, por afuera, no se detuvo nunca.
Pero hay algo que el tiempo no supo hacer.
Todavía hay una parte de mí que espera que Alexander vuelva. No para empezar de nuevo. Ni siquiera para recuperar lo que fuimos. Solo para hacerse cargo de lo que rompió.
Porque hay heridas que no duelen por el abandono, sino por el silencio que vino después. Por la ausencia de un "perdón", de una explicación, de ese mínimo acto de valentía que implica mirar el desastre que uno dejó en otra persona.
Dicen que nadie nos debe un cierre. Quizás sea verdad. Pero el corazón no entiende de teorías. El corazón insiste en imaginar esa conversación que nunca ocurrió, ese abrazo que llegó tarde, esas palabras capaces de acomodar, aunque sea un poco, las ruinas.
Y lo peor es que la esperanza no siempre hace ruido. A veces se disfraza de costumbre. De repente escuchás una canción y pensás en él. Pasás por una calle y lo imaginás doblando la esquina. Mirás el teléfono sabiendo que no va a sonar, pero una parte de vos sigue creyendo que algún día aparecerá.
No porque necesite volver a amarlo.
Sino porque necesito creer que el hombre que destrozó mi corazón también es capaz de reconocer que lo hizo.
Quizás nunca pase.
Quizás el tiempo no cure todas las heridas; simplemente nos enseñe a convivir con ellas.
Y aun así, hay noches en las que sigo deseando lo imposible: que Alexander toque la puerta, no para pedirme otra oportunidad, sino para devolverme la paz que se llevó cuando decidió irse sin reparar el daño.
Porque hay amores que terminan.
Y hay despedidas que nunca terminan de suceder.