martes, 9 de junio de 2026

La chica del proceso.

Hay días en los que siento que fui una estación y no un destino.

Esa persona llegó a mi vida con las valijas desordenadas, con heridas que todavía sangraban, con miedos que no sabía nombrar y con una versión de sí misma que todavía estaba incompleta. Y yo me quedé. Escuché. Comprendí. Tuve paciencia. Le enseñé, sin proponérmelo, que el amor podía ser tranquilo, que una conversación podía resolver más que un silencio, que alguien podía elegir quedarse incluso cuando era difícil.

Y después se fue.

A veces pienso que existe una tristeza muy particular: la de ser la chica del proceso. La que acompaña la transformación, la que sostiene mientras todo está roto, la que ayuda a reconstruir los pedazos. La que ve cómo alguien aprende a amar mejor, a comunicarse mejor, a valorar mejor. Pero que no llega a disfrutar de ninguna de esas versiones nuevas.

Porque el resultado siempre parece pertenecerle a otra persona.

Y entonces aparecen las fotos. Las sonrisas. Los gestos que antes no existían. Las promesas que antes parecían imposibles. Y duele preguntarse por qué aquello que costó tanto construir junto a vos termina siendo entregado tan fácilmente a alguien más.

Duele sentir que fuiste el borrador de una historia que otra persona terminó publicando. Que fuiste la práctica antes del examen. Que fuiste el capítulo que todos necesitan leer para entender el final, pero que nadie recuerda cuando llega el momento de celebrar.

Lo sé. Sé que las personas no cambian únicamente por una sola persona. Sé que cada uno es responsable de su propio crecimiento. Pero también sé que hay huellas que quedan. Conversaciones que enseñan. Amores que transforman. Y es difícil no sentir una punzada cuando descubrís que parte de lo que hoy ofrece a alguien más nació en los días que compartió con vos.

La chica del proceso rara vez recibe el aplauso. Recibe las dudas, las inseguridades, los errores y los intentos fallidos. Recibe la versión que todavía está aprendiendo. Y cuando por fin esa persona entiende cómo hacerlo mejor, a veces ya no está a su lado.

Quizás la parte más triste no sea que se haya ido. Quizás la parte más triste sea preguntarse si alguna vez alguien hará por mí lo que yo hice por otros. Si alguna vez dejaré de ser el puente para convertirme en el lugar al que alguien quiere llegar. Porque cansa ser siempre quien enseña.

Cansa ser siempre quien espera.

Cansa mirar hacia atrás y descubrir que ayudaste a florecer jardines en los que nunca pudiste quedarte.

Pero aun así, hay algo que intento recordar cuando la tristeza aprieta: las personas que pasan por nuestra vida se llevan cosas de nosotros, sí. Aprenden. Cambian. Crecen. Pero nosotros también.

Y aunque hoy duela sentirme la chica del proceso, tal vez todavía no conozco a la persona que llegará cuando mi propio proceso termine.

Tal vez algún día alguien encuentre la versión de mí que sobrevivió a todas estas despedidas y decida quedarse para ver el resultado.

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