miércoles, 4 de noviembre de 2026

 

Hay una crueldad silenciosa en la forma en que algunas personas logran romper un corazón y, al segundo siguiente, continuar con sus vidas como si jamás hubieran habitado la tuya.

Lo ves en la calle, en un sueño, o simplemente lo imaginás: el café de la mañana que se sigue tomando a la misma hora, las risas en una charla trivial, los planes de fin de semana intactos, la agenda vacía de ausencias. Para ellos, el dolor es un trámite breve; para vos, el terremoto dejó secuelas en cada rincón de la casa.

Te preguntás, con una mezcla de estupor y bronca, cómo se hace. ¿Cómo se apaga el afecto con un interruptor? ¿Cómo se borra el peso de los besos, de las promesas y de las horas compartidas sin que te tiemble el pulso?

Hay personas que tienen la capacidad de irse sin mirar atrás. Como si el daño que dejaron fuera apenas una puerta cerrándose. Como si uno pudiera apagar un vínculo igual que se apaga una luz antes de dormir. Y yo no entiendo cómo se hace eso.

No entiendo cómo alguien puede estar allá afuera riéndose, compartiendo comidas, viviendo su día a día con total normalidad, mientras del otro lado hay una persona intentando sobrevivir al incendio que dejaron sus manos.

Porque hay dolores que no se ven. No hacen ruido. No aparecen en fotos ni en historias de Instagram. Pero existen. Y arden.

Arde despertarse y recordar. Arde mirar el celular esperando algo que no llega. Arde sentir que para el otro todo siguió normal mientras vos seguís acomodando los pedazos de algo que rompieron entre dos, pero que terminó doliéndole solo a uno.

Creo que lo más cruel no es solamente que te lastimen. Lo más cruel es que puedan seguir adelante sin siquiera detenerse a pensar en las consecuencias de lo que hicieron. Sin imaginar las noches sin dormir. La ansiedad en el pecho. La tristeza pegada al cuerpo como humedad.

Sin saber que dejaron a alguien cuestionándose su valor, su forma de amar, incluso su propia realidad. Y mientras ellos viven la liviandad de seguir su camino, uno se queda acá, sosteniendo el lado que nadie quiere mirar: el duelo, el vacío, el silencio.

A veces me pregunto si realmente saben el impacto que tienen sobre las personas que alguna vez eligieron amar. O si, simplemente, eligen no mirar.

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