domingo, 22 de marzo de 2026

Siempre, vos.

No es que tenga ganas de amar a alguien. Eso sería más fácil. Más liviano. Más lógico, incluso.

Si fuera por eso, me quedaría con lo simple. Con el que está. Con el que cuida. Con el que no duda. Con el que no me hace esperar. Pero no. No son ganas de amar a alguien. Son ganas de amarte a vos.

Y eso cambia todo. Porque cuando me dijiste “vos tenés muchas ganas de amar a alguien”, sentí que no me estabas viendo.

Que reducías todo esto —todo lo que soy cuando te nombro, incluso en silencio— a una necesidad genérica, reemplazable. Como si fueras uno más.

Y no lo sos. Hace diez años que no lo sos.  Hace diez años que espero algo muy simple y, al mismo tiempo, inmenso: que te la juegues.

Que por una vez no haya dudas, ni tiempos a medias, ni palabras que se escapan en conversaciones tensas. Que lo que sentís no se filtre por accidente, sino que se diga de frente. Que me elijas sin tener que adivinarte. Porque yo ya elegí.

Y sí, podría elegir distinto. Podría elegir paz. Podría elegir a alguien que me quiera fácil. Pero hay algo profundamente honesto —y un poco trágico— en saber exactamente a quién querés, y aun así no poder soltarlo.

No es terquedad. No es costumbre. No es miedo a estar sola. Es amor.

Uno que no se me pasa con el tiempo, ni con otras manos, ni con versiones más correctas de lo que debería ser. Es el mismo amor que, a pesar de todo, sigue esperando que un día me mires y no dudes más.

Que entiendas que nunca se trató de amar a alguien. Que siempre se trató de vos.

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