domingo, 29 de marzo de 2026

Y entonces lo extraño.

Hay días en los que todo pesa un poco más.

No pasa nada extraordinario: me levanto, hago lo que tengo que hacer, sigo. Pero en algún momento —siempre hay un momento— aparece su ausencia como un ruido de fondo que no puedo apagar. Como si el mundo siguiera girando igual, pero a mí me faltara una pieza.

Y entonces lo extraño.

Lo extraño en lo cotidiano, que es donde más duele. En las cosas que no se cuentan porque parecen mínimas: en una canción que sé que le gustaría, en un mensaje que no mando, en una risa que se queda a mitad de camino porque ya no tiene con quién compartirse. Lo extraño en lo simple, en lo que no se ve. A veces me pregunto si él también se siente triste por un mensaje mío que no llega.

Hay algo muy injusto en seguir con la vida cuando alguien te falta así. Como si el tiempo avanzara sin pedir permiso, obligándome a aprender a habitar un día a día donde él no está. Y no es que no pueda… es que no quiero acostumbrarme a eso.

Porque acostumbrarse sería, de alguna forma, soltarlo.

Y yo no quiero soltar lo que siento. No quiero que se vuelva pequeño, ni lejano, ni difuso. Aunque duela. Aunque a veces se haga cuesta arriba hasta lo más básico.

Extrañarlo también es una forma de tenerlo cerca. De sostener lo que fue, lo que es para mí, aunque no esté.

Pero hay días… como hoy… en los que pesa más.

Y lo único que quisiera es que, por un rato, el mundo se detenga lo suficiente como para que su ausencia no haga tanto ruido.

No hay comentarios:

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.” La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ...