No podíamos parar de hablar,
y ahora no puedo parar de preguntarme que estás haciendo
y si en algún momento pensas en mi como yo en vos.
Fuiste mi compañía, la risa, la rutina de esas que no pesan.
Ahora, todo hace eco, suena más vacío por qué no estás.
Me acostumbré a vos, a tu forma de estar, a tu forma de hacerme reír.
Me acostumbré a todo, menos a esto. A no saber de vos, a no escribirte.
A tener que hacer de cuenta que no pasa nada, cuando en realidad pasa de todo.
Supongo que hay amores que no se terminan, que cambian de lugar,
y ahora te tengo acá, clavado en el pecho, ocupando un espacio que ya no te pertenece.
Y lo peor es que te hablo en mi cabeza como si fueras a contestar.
Cómo si no hubieras elegido el silencio.
Cómo si no me hubieras soltado sin decirme que me estabas soltando.
Y yo estoy acá, aprendiendo a vivir con tu ausencia como si fuera parte de la rutina, como si olvidar fuera tan fácil como dejar de nombrar.
Pero hay amores que no se van, aunque deje de decirlos en voz alta.
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