"Para arriesgar algo, hay que estar dispuesto a perder otra cosa. Y por eso la vida tiene algo de apuesta." Jacques Lacan.
Lacan sabía algo insoportable. No se puede vivir sin perder. Por qué amar es apostar. Tener un hijo es apostar. Confiar es apostar. Empezar de nuevo es apostar.
Y toda apuesta tiene algo en común: nadie apuesta sabiendo el resultado. Se puede ganar, se puede perder. Y justamente por eso es una apuesta. Pero hay personas que se pasan la vida intentando no perder.
No aman demasiado. No se entregan demasiado. No sé ilusionan demasiado. No juegan demasiado.
Cómo si pudieran hacer un pacto con la vida: "No me des mucho pero tampoco me saques nada". Pero mientras intentan no perder... Se pierden algo mucho más doloroso. La vida que no se animaron a vivir.
Por qué no hay amor sin riesgo. No hay deseo sin incertidumbre. No hay vida sin pérdida. Y quizás por eso el deseo tiene algo de valentía. Por qué nadie sabe cómo termina una apuesta.
Nadie sabe si ese amor será para siempre. Nadie sabe cuánto tiempo tendrá con las personas que ama. Nadie sabe que traerá el futuro. Y aún así, hay quienes aman. Quienes tienen hijos. Hay quienes vuelven a empezar y hay quienes se animan.
Quizás vivir no sea encontrar garantías. Quizás vivir sea apostar. Sabiendo que se puede ganar. Sabiendo que se puede perder. Y aún así, desear. Por qué a veces no perdemos por haber apostando. Perdemos por haber pasado toda una vida intentando no hacerlo.
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