Si la querés, andá.
Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta. Pero andá.
Porque hay personas que no se van porque dejaron de amar. Se van porque se cansan de esperar que las elijan. O, peor todavía, se quedan bancando la parada, dispuestas a sostenerte el mundo cuando se te cae a pedazos, y sos vos el que decide irse con la excusa perfecta: "No tengo nada para ofrecerte", "Tengo que estar bien yo primero".
Qué cómoda suena esa frase cuando querés justificar que te estás bajando del barco antes de que empiece la tormenta.
Le decís que no querés ser una carga, que necesitás tu espacio, que primero tenés que arreglarte solo. Y del otro lado te miran con el corazón en la mano, diciéndote que los compañeros están justamente para eso: para bancar cuando todo está mal, para pasar juntos por el barro, para recordarte que nadie te pidió que cargaras con todo solo.
Pero vos elegís la trinchera antes que el refugio.
Y después llegan las frases que empiezan con "si hubiera...".
Si hubiera dejado que me cuidara. Si hubiera entendido que estar a mi conmigo no era un peso, sino un lugar seguro. Si hubiera tenido cinco minutos más de valentía para no huir cuando las cosas se ponían honestas. Pero los "hubiera" no abrazan a nadie. No besan. No construyen hogares. No devuelven a la persona que se cansó de esperar a que te decidieras a vivir.
Así que, boludo...
Si todavía la querés, dejá de romper lo que te hace bien por miedo a romperte vos. Decile que te equivocaste de refugio. Decile que tenés miedo, pero que querés intentar hacer equipo.
Las personas no necesitan héroes que se guarden sus crisis; necesitan honestidad. Y si te dice que no, si ya se cansó de esperar, al menos vas a pagar el precio de tus decisiones.
Pero si te quedás escondido en tu cueva, esperando que el mundo se acomode solo para "merecerla"...
Vas a pasar años inventando conversaciones que jamás ocurrieron, imaginando una vida que nunca existió y preguntándote cómo habría sido despertar al lado de la única persona que estaba dispuesta a quererte incluso en tu peor versión.
No dejes que el amor de tu vida termine siendo una anécdota que contás empezando con: "¿Sabés qué pasa? Me dio miedo y la dejé ir".
Porque, a veces, el gesto más valiente del mundo no es hacerte el fuerte ni cargar con todo en soledad.
Es tocar el timbre, mirarla a los ojos y decir: "Tenías razón, no quería estar solo, te quería a vos".
Y esperar la respuesta con el corazón temblando.
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