jueves, 4 de abril de 2013

En aquel lugar.

El agua hervía en la cocina y se hacia notar mediante el chillido del vapor al salir por el pico de la pava.
Se preparó su te de manzana con dos cucharadas de azúcar y se sentó en la mesa del living acomodando los pies sobre esa silla de cuero bordó que tanto le gustaba.
Mientras en la televisión se desdibujaban las siluetas de aquellos personajes encargados de hacerla reír por la tarde como cada martes.
Quizás fuera el leve calor del te que tomaba, o tan solo el aburrimiento de la rutinaria vida que llevaba, pero sus párpados le pesaban y empezaron a cerrarse.
La magia de los sueños invadió su cabeza, reconocía aquel lugar, aquella casa donde había sido criada, donde había sido feliz.
Al dirigir su mirada hacia la cocina, allí la vio. Su abuela se encontraba sentada, fumando un cigarrillo y divagando en palabras poéticas como de costumbre.
Los años no habían pasado, el color de su cabello era negro azabache y no había rastro alguno de las canas, tampoco de las lastimaduras a lo largo de su cuerpo tal como lo recordaba en aquellos últimos días.
Su abuela se encontraba allí y tan viva que asustaba.
Sin sacar la vista de lo que escribía le hizo señas a su nieta para que se acercara. Cuando la tuvo a su lado la miró, y en aquellos ojos invadía la tristeza... La tristeza de una despedida, de un adios nunca dicho.
Acto seguido le entregó un papel, un papel del cual brotaba un curioso aroma a jazmines y hortensias, escrito a puño y letra (había olvidado aquellos trazos tan relajados, tan garabateados como solo ella sabía tenerlos) que decía:
"Siempre que me necesites, cierra los ojos y allí estaré. Recuerdalo"
Una lágrima tras otra comenzaron a brotarle de los ojos a quella muchacha, provocando que la tinta se corriera en el papel.
Su abuela al verla llorar le acarició una mejilla secando una de esas lágrimas y con un suave movimiento de caricia le hizo cerrar los ojos deslizando sus párpados lentamente hacia abajo.
Al abrirlos nuevamente toda esa escena había desaparecido, el te se había enfriado, la programación del día había terminado y las horas de luz se habían ido para dar paso a la oscuridad de la noche.
Atontada intentando recordar que había ocurrido para quedarse dormida, imágenes en flashes de su sueño se le vinieron a la mente. Se paró y se miró al espejo, había llorado.
Por el reflejo observó algo sobre la mesa que antes no estaba allí, un ramo de jazmines y hortensias. Ella no recordaba haber comprado flores, pero esas hortensias no se encontraban en cualquier lado, eran hortensias como las que su abuela solía plantarlas en todo el jardín y las había de todos colores (celestes, amarillas, violetas, rosas... como las amaba).
Al querer agarrar el ramo notó que llevaba agarrado en su mano derecha un trozo de papel rasgado, lo abrió y tan solo una palabra se trazaba en el: Recuerdalo.

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