domingo, 17 de mayo de 2026

Nuestra cita.

Existe un momento del día en que el silencio cambia de forma. Deja de ser ese ruido sordo en el pecho y se convierte en una certeza. La certeza de que las palabras que nos guardamos pesan más que las que dijimos, y que hay diálogos que no se pueden terminar de armar en la cabeza, ni a través de una pantalla que titila en la oscuridad.

Sé que volvés acá. Lo sé porque el cuerpo percibe las ausencias que todavía orbitan cerca, como si dejaras un rastro invisible cada vez que mirás desde el otro lado del vidrio. Pero mirar de lejos no cura el ruido de fondo.

Por eso esta vez no quiero escribirle al vacío. Si estás ahí, si todavía leés esto, te pido que dejes de esconderte en el anonimato y vengas a verme. Necesito que tengamos esa conversación de frente, escuchar las explicaciones que quedaron pendientes para poder ponerle palabras a este dolor. Para entender por qué fuiste tan cruel, y por qué mi dolor no valió nada. 

Pongamos una tregua a la distancia. Mi casa está llena de banderas blancas. La cita? 24/05, 21 hs. Dónde siempre. 

Solo hace falta que te animes a tocar la puerta.

viernes, 15 de mayo de 2026

Lo que queda después del sismo.

Hace poco hablé de un deseo de cumpleaños, de velas prendidas en el silencio de la noche y de esa esperanza terca que se niega a morir. Hablé de esperar que alguien cruce la puerta. Hoy, con los días un poco más fríos y la rutina encima, me doy cuenta de que esa espera no se pasa tan rápido. No hay un botón de reinicio que borre el dolor de golpe.

A veces la gente habla de la superación como si fuera un camino recto. Te dicen que te enfoques en tus proyectos, en tu carrera, en tus cosas. Y yo lo hago. Trabajo horas frente a la pantalla, diseño, le doy forma a mis ideas, avanzo y le pongo el cuerpo a los días. Mi mundo creció, es verdad, y estoy orgullosa de las cosas que estoy logrando por mi cuenta. Pero mentiría si dijera que el éxito profesional llena todos los vacíos. En el fondo, en ese espacio que aparece cuando se apaga la luz de la computadora, la ausencia sigue estando ahí, latente. 

Es una sensación extraña. Es saberse fuerte para armar una vida nueva, pero al mismo tiempo sentir la frustración de tener que juntar los pedazos de algo que yo no rompí. Porque madurar también es convivir con esa contradicción: la de seguir adelante con los días mientras una parte tuya todavía espera que quien causó el daño regrese a arreglarlo. Esperar un reconocimiento, una explicación, o simplemente que se haga cargo del desorden que dejó al irse.

A veces me pregunto si el que mira desde afuera, el que se asoma a mi vida de reojo o me lee en el silencio de la madrugada, entiende lo que cuesta sostener esta estructura. Si sabe que detrás de cada diseño nuevo, de cada logro y de cada paso hacia adelante, todavía hay una herida que escuece. Que el hecho de que pueda seguir caminando no significa que no me duela la forma en que se rompieron las cosas. El tiempo pasa, y si, todavía duele.

No sé si los deseos de cumpleaños tienen fecha de vencimiento. Tampoco sé si el tiempo realmente lo cura todo o si solo nos acostumbra al peso. Lo único que sé es que sigo acá, lidiando con la paradoja de construir un presente hermoso, mientras sostengo, con la otra mano, la memoria de lo que pudo haber sido. Esperando, muy en el fondo, que las cosas que se rompieron encuentren alguna vez su propia justicia.

jueves, 7 de mayo de 2026

Un deseo de cumpleaños

Se acerca mi cumpleaños. Y mientras todos me preguntan qué quiero, yo ya sé la respuesta hace meses. No necesito ropa nueva, ni cenas, ni regalos envueltos con moños prolijos. Yo solo quería una cosa. Que vuelva él.

Hasta le prendí una vela a mi abuelo. Como cuando era chica y creía que las personas que amamos, incluso después de irse, todavía podían escuchar nuestros pedidos bajitos. Le hablé en silencio, con esa mezcla rara entre fe y desesperación. Y le pedí un solo deseo. Él.

Porque a veces el amor te deja así: negociando con el universo. Buscando señales donde no las hay. Pensando que quizá, si deseás lo suficientemente fuerte, alguien puede regresar.

Y es extraño sentirme tan vulnerable a esta altura. Porque una parte de mí sabe que un cumpleaños debería tratarse de celebrar la vida, los amigos, los años vividos, las versiones de una misma que sobrevivieron a todo. Pero otra parte —la más honesta— sigue mirando la puerta como si todavía existiera la posibilidad de verlo aparecer.

Creo que hay algo muy humano en eso. En querer ser elegida por la persona que amás incluso cuando intentás convencerte de seguir adelante. En seguir guardando un espaciocito emocional “por las dudas”. Por si vuelve. Por si esta vez sí.

No sé qué va a pasar en unos días. No sé si mi deseo se va a cumplir o si voy a soplar las velitas intentando disimular el vacío. Pero sí sé algo: amar a alguien al punto de pedirlo como deseo de cumpleaños cambia la forma en la que una entiende el amor. Porque ya no se trata solo de romanticismo. Se trata de ausencia. De esperanza.

De esa tristeza suave que se instala en el pecho cuando alguien importante ya no está, pero todavía vive en todos tus pensamientos cotidianos. Y quizás crecer también sea esto. Aceptar que hay deseos que no dependen de una vela, ni del destino, ni de cuánto amor tengamos adentro.

Aunque, muy en el fondo, siga deseando que vuelva él

sábado, 25 de abril de 2026

Un ruido en el pecho.

Existe una forma del silencio que no es ausencia, sino ruido.

Un murmullo constante, como una radio mal sintonizada en el pecho. No se apaga nunca. Está ahí, incluso cuando sonrío, incluso cuando logro distraerme un rato. Siempre vuelve.

Te extraño así. Como algo que no irrumpe, pero tampoco se va.

A veces pienso que lo más triste no es que no estés, sino la espera. Ese gesto casi automático de mirar el celular, como si en cualquier momento fueras a aparecer. Como si hubiera todavía una parte de la historia que no leímos. Pero el mensaje no llega. Y en esa ausencia se arma todo un diálogo imaginario que nunca sucede.

Es raro cómo el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Porque hay días en los que sé, con claridad, que no vas a volver. Que no hay nada más. Y sin embargo, el pecho insiste. Late distinto. Se contrae un poco más. Como si guardara una esperanza que yo ya no puedo sostener.

Extrañar es eso: un ruido de fondo que no pide permiso, una tristeza suave pero persistente,
una forma de seguir hablando con alguien que ya no está.

Y lo más difícil no es dejar de escucharlo…
es aprender a vivir con ese sonido sin que me rompa.

martes, 7 de abril de 2026

Te amo, como ahora.

Ayer soñé con vos. No con un abrazo, ni con un encuentro de esos que me invento despierta.

Soñé con algo más chico. Más simple. Más peligroso. Un mensaje.

Decía: “te amo como ahora”. Y me quedé ahí, incluso después de despertarme. Dándole vueltas a esas cuatro palabras que no terminan de ser promesa ni tampoco despedida.

Porque yo siempre quise que me dijeras que me amás. No así. No a medias. No en condicional. Quería ese “te amo” entero, claro, sin bordes borrosos.

Pero vos… vos lo dijiste una vez. En persona. En el medio de otras cosas, como si se te hubiera escapado, como si no te hubieras dado cuenta del peso que tenía para mí. Y ahora esto.

“Te amo como ahora”.

¿Como ahora, cómo? ¿Como podés? ¿Como te sale?¿Como te alcanza?

Y entonces aparece la duda, inevitable, incómoda: ¿Ese “ahora” es todo lo que hay? ¿Es su forma de amar? ¿O es lo que le queda de amor para darme?

Porque hay amores que llegan completos, y hay otros que vienen con partes faltantes, como si alguien los hubiera usado antes y los dejara sobre la mesa para que otro vea si le sirven.

Y no sé… no sé si quiero que me amen así. No porque no alcance. Sino porque yo sí sé cómo amo cuando amo.

Y no se parece en nada a un “como ahora”.

Capaz ese sueño no era un mensaje tuyo, sino mío.

Una forma de entender, por fin, que no hay más de lo que ya vi. Que no hay un después escondido, ni un gesto pendiente, ni un micro que vaya a salir en mi dirección. Y entonces elijo.

No esperar a que cambie, no quedarme traduciendo silencios, no seguir haciendo espacio para algo que no crece.

Porque si el amor no se expande, se achica.

Y yo no quiero aprender a amar en versión mínima. Así que dejo que esto sea lo que es: un amor que existió, pero que no alcanza.

Y como no va a venir a buscarme, como no va a elegirme distinto, me toca a mí hacer lo único que queda: dejarlo morir.

domingo, 5 de abril de 2026

Quiero.

Hay algo profundamente simple en todo lo que quiero con vos. Y quizás por eso duele tanto.

No estoy pidiendo grandes historias ni promesas imposibles. Solo quiero lo cotidiano. Lo mínimo. Lo real.

Quiero tirarme con vos a ver películas, de esas que a mitad dejamos de mirar porque nos distraemos hablando o riéndonos de cualquier cosa.
Quiero despertarme y hacer el desayuno, sin apuro, sin planes, solo compartiendo el silencio cómodo de estar juntos.
Quiero tomar mate en una plaza, sentir el sol, y que no importe quién mire, porque no habría nada que esconder.

Quiero no tener que medir cada gesto. No tener que disfrazarme de alguien que no soy si nos cruzamos en público. Quiero poder acercarme sin dudar. Abrazarte sin pensar. Quiero poder decirte que te amo… y que no sea un secreto.

Y también quiero algo más. Algo que no es cotidiano, pero que para nosotros lo cambiaría todo.

Quiero que te subas a un micro. Que vengas.
Que, por una vez, te la juegues por nosotros.

No como un gesto grandioso, sino como una decisión.
Como una forma de decir “sí, esto vale la pena”.

Porque yo ya sé todo lo que podríamos ser.
Lo veo en cada cosa simple que imagino con vos.
Pero no alcanza con imaginarlo sola.

Y lo más difícil de todo es que no son cosas imposibles.
Son cosas que existen. Que pasan todos los días.
Pero no para nosotros.

Entonces me quedo con estas ganas que no encuentran lugar. Con este amor que tiene espacio en mí, pero no en la realidad.
Y eso… eso es lo que más duele.

Porque no es falta de amor. Es falta de coraje para vivirlo.

jueves, 2 de abril de 2026

¿Nuestro?

A veces los lugares no son lugares. Son recuerdos que siguen respirando.

Vine a esta ciudad que tanto amo, mi lugar en el mundo, y sin embargo hoy se siente distinto. No porque haya cambiado —las calles siguen siendo las mismas, el aire tiene ese olor que reconozco con los ojos cerrados— sino porque falta algo. O alguien.

Hace poco más de dos semanas estabas acá. En esta misma cocina, apoyado contra la mesada, compartiendo una birra como si el tiempo no hubiera pasado.

En esta misma cama, donde los abrazos parecían alcanzar.

Y ahora estoy sola. Y no es una soledad dramática, de esas que rompen. Es otra cosa. Es más silenciosa. Más sutil. Como un eco.

Miro los espacios y no puedo evitar superponer escenas: lo que es y lo que fue hace tan poco. Como si el presente todavía no terminara de imponerse. Como si todo siguiera un poco impregnado de vos.

Es raro cómo funciona esto.

Cómo alguien puede irse y, sin embargo, quedarse en los rincones. En los objetos. En los gestos que ya no están pasando pero que mi cuerpo recuerda igual.

Hay algo triste en eso, sí. Pero también algo profundamente vivo.

Porque quiere decir que fue real. Que lo que pasó dejó marca. Y aunque hoy estos espacios me pesen un poco, sé que también son míos. Que antes de vos ya me abrazaban, y que de a poco van a volver a hacerlo sin doler.

Mientras tanto, camino despacio. Como quien aprende a habitar de nuevo un lugar que nunca dejó de ser suyo, pero que ahora tiene otra historia latiendo adentro.

martes, 31 de marzo de 2026

No sé que título va acá.

Hay ausencias que no son silencio. Son otra cosa.

Como una radio prendida en una frecuencia que no existe, donde no hay música ni voces, pero tampoco hay paz. Ese ruido blanco que no se apaga, que se mete en el fondo de todo lo que hacés. Así te extraño.

No es un extrañarte que interrumpe, que grita, que exige. Es más sutil. Más constante. Está cuando me cepillo los dientes, cuando camino sola, cuando alguien me habla y por un segundo me desconecto. Está incluso cuando creo que no.

Es raro, porque no te pienso todo el tiempo. Pero te siento. Como ese zumbido eléctrico que no sabés de dónde viene, pero sabés que está ahí.

Le decía a mi psicóloga que no es tristeza exactamente. Es una especie de incomodidad emocional. Como si algo en mí estuviera desintonizado desde que no estás. Como si hubiese perdido la estación correcta y ahora todo fuera interferencia.

Y lo más difícil no es el ruido. Es no poder apagarlo.

Porque apagarlo sería dejar de esperarte en algún rincón mínimo de mí. Y todavía no estoy lista para eso.

Entonces convivo con esta frecuencia fantasma, con esta presencia que no es presencia, con este vacío que hace ruido.

Y te extraño así: no como algo que falta, sino como algo que sigue estando, pero ya no llega.

domingo, 29 de marzo de 2026

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.”

La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ese instante sentí cómo algo de lo que era tan claro para mí, para él se volvía duda. Como si lo que yo sentía necesitara explicación, o peor, corrección.

Pero no. No era eso.

Porque si se tratara solo de ganas, la historia hubiera sido mucho más simple. Me hubiera quedado donde era fácil. Donde me querían bien, donde había cuidado, donde todo era correcto. Me hubiera quedado con esa persona que hacía todo lo que se supone que alguien tiene que hacer: estar, acompañar, elegir. Pero no pude.

Porque hay algo que no se puede forzar, ni construir a voluntad, ni inventar por conveniencia. Hay amores que simplemente no nacen, por más que todo alrededor esté dado para que sí. Y fingirlos… es una forma de traición demasiado silenciosa.

Así que me fui. Me fui de lo seguro, de lo posible, de lo que “debería haber sido”, porque no era verdad para mí. Porque el amor —el de verdad— no se sostiene con ganas. Se siente o no se siente.

Y lo que yo sentía… era por él.

Por eso duele tanto que lo haya reducido a eso. A una necesidad. A una especie de impulso vacío que podía haber llenado cualquiera.

No entendió que, justamente, si fuera tan fácil como amar a alguien, no estaría acá, sosteniendo esto que arde, que incomoda, que no siempre es correspondido… pero que es real.

Yo no tenía ganas de amar a alguien.

Yo lo amaba a él.

Y entonces lo extraño.

Hay días en los que todo pesa un poco más.

No pasa nada extraordinario: me levanto, hago lo que tengo que hacer, sigo. Pero en algún momento —siempre hay un momento— aparece su ausencia como un ruido de fondo que no puedo apagar. Como si el mundo siguiera girando igual, pero a mí me faltara una pieza.

Y entonces lo extraño.

Lo extraño en lo cotidiano, que es donde más duele. En las cosas que no se cuentan porque parecen mínimas: en una canción que sé que le gustaría, en un mensaje que no mando, en una risa que se queda a mitad de camino porque ya no tiene con quién compartirse. Lo extraño en lo simple, en lo que no se ve. A veces me pregunto si él también se siente triste por un mensaje mío que no llega.

Hay algo muy injusto en seguir con la vida cuando alguien te falta así. Como si el tiempo avanzara sin pedir permiso, obligándome a aprender a habitar un día a día donde él no está. Y no es que no pueda… es que no quiero acostumbrarme a eso.

Porque acostumbrarse sería, de alguna forma, soltarlo.

Y yo no quiero soltar lo que siento. No quiero que se vuelva pequeño, ni lejano, ni difuso. Aunque duela. Aunque a veces se haga cuesta arriba hasta lo más básico.

Extrañarlo también es una forma de tenerlo cerca. De sostener lo que fue, lo que es para mí, aunque no esté.

Pero hay días… como hoy… en los que pesa más.

Y lo único que quisiera es que, por un rato, el mundo se detenga lo suficiente como para que su ausencia no haga tanto ruido.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no era un “tal vez”. Era eso. Era él. Y era ahora.

Me subí a un colectivo con el corazón en la garganta, con las manos temblando y una valentía que hoy no sé de dónde saqué. Trescientos cuarenta y siete kilómetros no eran distancia cuando una cree que el amor lo justifica todo. Yo iba a decirle lo que sentía, a ponerlo todo sobre la mesa, a dejar de callarme. Iba a cambiar la historia.

Pero la historia no cambió.

Lo tomé por sorpresa. Él no me amaba. Tenía otros compromisos, otra vida, otros tiempos que no eran los míos. Y yo, que había viajado con el alma abierta, tuve que volver con las palabras todavía latiendo adentro.

Después la vida hizo lo suyo. Nos siguió cruzando, como si quisiera insistir con algo que nunca terminaba de suceder. Nos encontramos en momentos distintos, siempre a destiempo. Él con alguien. Yo intentando construir otra cosa. Yo casándome. Yo rompiéndome. Yo volviendo a empezar.

Y en cada uno de esos encuentros había algo intacto, algo que no se había movido nunca del todo. Pero tampoco alcanzaba. Nunca alcanzaba.

Hasta que hace unos días pasó.

Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, me dijo eso que hace años había ido a buscar en un colectivo: Que me amaba.

Y yo, que imaginé tantas veces ese momento, no supe qué hacer con él. ¿El amor, aunque llegue tarde, es lo mismo?. Porque decirlo no es lo mismo que elegirlo.

Porque yo, a los 18, crucé kilómetros por él. Y hoy entiendo que cada uno ama como puede, como sabe, como le nace. Yo fui impulso, fui certeza, fui ese viaje sin garantías. Él, en cambio, fue silencio, fue cautela, fue quedarse. No hay deuda en eso. No hay reproche. Solo dos maneras distintas de habitar lo mismo.

Pero a veces, incluso cuando el amor es real, no alcanza si no camina en la misma dirección. Y entonces entendí que hay amores que son enormes, pero no suficientes. Que pueden ser verdaderos, pero no valientes. Que pueden sentirse para siempre… y aún así no elegirse.

Y eso —más que todo lo demás— es lo que duele.

lunes, 23 de marzo de 2026

Sin título

A veces pienso en lo poco que tuvimos… y en todo lo que en realidad quería. Que no se confunda, no reniego del pasado, intento aprender de el. 

Porque lo nuestro fue muchas cosas, pero nunca fue simple.

Nunca fue un “paso a buscarte”. Nunca fue un mate en una plaza con el tiempo de nuestro lado. Nunca fue caminar por las sierras sin apuro, sin pensar en cuándo termina.

En 15 años, nunca tuvimos una cita de verdad. Y sin embargo, nos quisimos. Nos queremos. 

De esa forma intensa que alcanza para marcarte, pero no para quedarse. Yo no quería tanto. O sí… pero distinto.

Quiero lo cotidiano. Reírme con vos sin que sea una excepción. Tu mano en la mía sin sentir que es un préstamo. Poder decirte que te amo sin calcular el momento.

Decírtelo porque sí. Porque me nace. Porque te estoy mirando y no hay nada más que agregar. A veces imagino esas escenas. Son tan simples que duelen.

Vos llegando. Un mate compartido. Una caminata cualquiera. Una vida que no se escapa. Y me pregunto en qué momento lo simple se volvió imposible para nosotros.

Porque no es falta de amor. Nunca lo fue. Pero tampoco fue elección. Y hay algo que se quiebra cuando entendés eso: que alguien puede amarte…y aun así no elegirte.

Yo, en cambio, siempre quise eso. No lo intenso. No lo que aparece y desaparece. Sino lo que se queda. Lo que se construye.

Lo que permite decir “te amo”, todas las veces que haga falta… sin miedo a que sea la última.

domingo, 22 de marzo de 2026

Está vez, si.

A veces el amor no es lo que vivimos, sino lo que seguimos imaginando.

Hay noches en las que cierro los ojos y te veo llegando.

No como antes. No a medias, no con dudas, no con ese miedo que siempre se nos metía en el medio. Te veo distinto. Seguro. Decidido. Como si finalmente hubieras entendido algo que yo vengo sintiendo hace tanto.

En esa escena no hay explicaciones largas. No hacen falta. Solo estás vos, mirándome como si esta vez no hubiera lugar para irse, y diciendo, casi en un susurro, que ahora sí. Que ahora sí querés.

Y entonces todo se acomoda. El tiempo deja de doler, la espera encuentra sentido, y este amor —que tantas veces quedó suspendido—por fin toca el suelo.

Pero abro los ojos. Y la realidad es otra. No hay pasos acercándose, no hay certezas, no hay un “ahora sí” que llegue a salvar todo lo que quedó inconcluso. Y sin embargo, te sigo extrañando.

Como se extraña algo que no fue del todo, pero que se sintió demasiado. Te extraño en las cosas simples, en los momentos que imagino sin darme cuenta, en las versiones de nosotros que solo existen en mi cabeza pero que, de alguna manera, se sienten reales.

Porque lo que yo quiero no es solo volver a verte. Es que me elijas. Que un día, entre todas las posibilidades que tiene tu vida, decidas que soy yo.

Sin miedo. Sin excusas. Sin tiempos que no coinciden.

Es un deseo silencioso, de esos que no se dicen en voz alta porque pesan demasiado. Pero vive en mí.

Como una historia que todavía no empezó, pero que insiste en existir.

Y a veces me pregunto si hay amores que están destinados a quedarse en ese lugar: en el de lo que podría haber sido, en el de las puertas que nunca se terminan de abrir, en el de la espera que no tiene final.

O si, en algún momento,vas a aparecer y esta vez sí.

Siempre, vos.

No es que tenga ganas de amar a alguien. Eso sería más fácil. Más liviano. Más lógico, incluso.

Si fuera por eso, me quedaría con lo simple. Con el que está. Con el que cuida. Con el que no duda. Con el que no me hace esperar. Pero no. No son ganas de amar a alguien. Son ganas de amarte a vos.

Y eso cambia todo. Porque cuando me dijiste “vos tenés muchas ganas de amar a alguien”, sentí que no me estabas viendo.

Que reducías todo esto —todo lo que soy cuando te nombro, incluso en silencio— a una necesidad genérica, reemplazable. Como si fueras uno más.

Y no lo sos. Hace diez años que no lo sos.  Hace diez años que espero algo muy simple y, al mismo tiempo, inmenso: que te la juegues.

Que por una vez no haya dudas, ni tiempos a medias, ni palabras que se escapan en conversaciones tensas. Que lo que sentís no se filtre por accidente, sino que se diga de frente. Que me elijas sin tener que adivinarte. Porque yo ya elegí.

Y sí, podría elegir distinto. Podría elegir paz. Podría elegir a alguien que me quiera fácil. Pero hay algo profundamente honesto —y un poco trágico— en saber exactamente a quién querés, y aun así no poder soltarlo.

No es terquedad. No es costumbre. No es miedo a estar sola. Es amor.

Uno que no se me pasa con el tiempo, ni con otras manos, ni con versiones más correctas de lo que debería ser. Es el mismo amor que, a pesar de todo, sigue esperando que un día me mires y no dudes más.

Que entiendas que nunca se trató de amar a alguien. Que siempre se trató de vos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Solo quizás.

Hay momentos de la intimidad que no tienen que ver con el deseo, sino con la vulnerabilidad. Recuerdo que por momentos la luz quedaba prendida. Y él miraba mi piel.

No era una mirada rápida ni distraída. Era de esas miradas que se quedan un rato, como si estuvieran tratando de recordar algo. Yo fingía que tenía frío.

Me acercaba un poco más, me cubría con la sábana, hacía esos pequeños movimientos que parecen casuales. Pero en realidad no lo eran. La verdad es que me sentía un poco intimidada.

Nunca fui una persona insegura de su cuerpo. Siempre habité mi piel con bastante tranquilidad. Pero esa noche había algo distinto. Tal vez era porque él se veía tan hermoso. Tan tranquilo, tan cerca, tan real… que por un momento me pregunté si realmente le gustaba lo que estaba viendo.

Es curioso cómo funciona la intimidad. Podés sentirte segura durante años… y aun así, frente a alguien que te importa de verdad, aparece una pequeña fragilidad que no sabías que existía. Una pregunta silenciosa. ¿Le gustará mi cuerpo tanto como a mí me gusta el suyo? No lo pregunté.

A veces las preguntas rompen la magia de los momentos. A veces también tenemos miedo de escuchar la respuesta. Pero si pienso en la noche entera, creo que el lenguaje de los cuerpos también dice cosas.

Nos buscamos varias veces, como si ninguno de los dos quisiera que el tiempo avanzara demasiado rápido. Y en medio de esa repetición de abrazos, de piel y de silencio, creo que estaba la respuesta que no me animé a pedir con palabras. Hay miradas que dicen mucho.

Y esa noche, cada vez que levantaba los ojos y lo encontraba mirándome así… sentía que quizás, solo quizás, sí le gustaba lo que veía.

domingo, 15 de marzo de 2026

Hay un lugar

Hay un lugar al que siempre vuelvo cuando necesito recordar quién soy. Un pueblo pequeño, de calles tranquilas y silencios largos, donde alguna vez fui profundamente feliz. Yo lo llamo mi lugar feliz. No porque todo haya sido perfecto, sino porque ahí aprendí lo que se siente vivir con el corazón abierto.

Cada vez que la vida pesa un poco más de lo normal, viajo hasta ahí. No siempre con el cuerpo, a veces solo con la memoria. Pero esta vez sí fui.

Caminé las mismas calles, respiré ese mismo aire que siempre me calma. Y entre tantos recuerdos que viven en ese lugar, apareció uno que yo no esperaba encontrar de nuevo: mi amor de siempre.

Nos miramos como se miran las personas que ya se conocen el alma. Sin explicaciones, sin reproches, sin tener que contar todo lo que pasó en los años que quedaron en el medio.

Hay personas con las que el tiempo no rompe el hilo invisible que alguna vez existió. Hablamos, nos reímos, recordamos. Y en medio de esa noche, como si estuviéramos diciendo algo que llevaba mucho tiempo guardado, le dije que lo amaba, me dijo que yo siempre había sido el amor de su vida.

No sé si existen las frases que llegan tarde, o si simplemente llegan cuando tienen que llegar. Pero esa noche se sintió verdadera.  Pasamos unas horas que parecían suspendidas del tiempo. Como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa para dejarnos recordar lo que alguna vez fuimos el uno para el otro.

Nos reímos, nos abrazamos, nos miramos mucho. Como hacen las personas que saben que están viviendo algo que no va a repetirse. Porque también sabemos algo más: que más allá de esa noche, nuestros caminos siguen separados. No por falta de amor, sino por esas circunstancias de la vida que a veces escriben historias hermosas… pero cortas.

Y sin embargo, hoy me voy de este lugar con una certeza muy tranquila dentro del pecho. Hay amores que no necesitan durar para siempre para ser reales.

Hay amores que viven en un lugar más extraño y más profundo: en la memoria, en los lugares que guardan nuestras mejores versiones, en las noches que no se olvidan.

Quizás no volvamos a elegirnos en esta vida. Pero en algún rincón de ese lugar feliz, donde todo empezó, yo sé que seguimos existiendo.

Y de alguna manera, eso también es amor.

viernes, 6 de marzo de 2026

Por favor, volvé.

Me equivoqué, todo este tiempo. Muchas veces sentí que te estaba escribiendo a vos y en realidad era mi rabia... Escribiéndome a mi. 

Te infle los miedos como un globo y en realidad era yo la que tenía miedo, vos fuiste capaz de hacer lo que yo no. 

Vos tiraste la granada que a mí me estaba por explotar en el corazón. Escribí pensando que escribía sobre vos, pero la realidad era otra, siempre fui yo la que tuvo miedo. 

Me ate a la idea de que te había perdido, cuando nunca te tuve... Ni vos a mí. Fuiste muy valiente, sabes? Siempre pensé que lo más humano que podemos hacer es ser sinceros, pero vos ni siquiera eso fuiste. 

Si me muriera ahora, vos serías el amor de mi vida. Me di cuenta que no sos eso en lo que yo te converti, y creo que es lo más triste. Me equivoqué, como siempre. Desde el inicio hasta ahora. Vos nunca tuviste miedo. 

Estoy aprendiendo a amarte sin tenerte. Me estoy haciendo a la idea, que lo que solíamos tener no era más que un berrinche doméstico barato. 

Que lo que tenemos o no tenemos ahora, es lo más real que nos pasó. Sos la suela de la zapatilla a medio despegar, y los zapateros cada vez laburan menos. Si yo no paro de hablar es simplemente por qué no puedo. 

Acá de este lado, me hago la "escritora". Enmudecida por todas las palabras que no dijiste, y que entendí a la perfección. Lo estoy intentando, quiero que esté dolor por fin termine.

Tomemos una birrita.

A veces no duele solo lo que pasó.
Duele también lo que nunca pasa.

Sigo esperando algo tan simple. Un mensaje que diga:
“Hola, ¿tomamos una birrita y charlamos? Cerremos esto”.

No para volver. No para discutir.
Ni siquiera para que me pidas perdón. Solo para entender.

Para que me mires a los ojos y me digas por qué. Por qué tanta mentira.
Por qué tanta historia inventada. Por qué hacerme creer cosas que no eran verdad.

Porque cuando alguien te rompe el corazón, lo que queda después no es solo tristeza.
Quedan preguntas. Y las preguntas son un eco que no se apaga.

A veces imagino esa escena simple. Una mesa cualquiera.
Dos vasos transpirados sobre la madera. Y una conversación honesta que llega tarde, pero llega.

Algo humano. Algo real.

Pero el mensaje nunca aparece.

Y entonces el silencio empieza a decir cosas. Cosas que duelen más que cualquier verdad. Porque el silencio también es una respuesta.

Es la forma más fría de decir que no te importa reparar lo que rompiste. Y mientras tanto, uno sigue acá.
Intentando cerrar una puerta que el otro dejó abierta. Esperando una charla que probablemente nunca llegue.

jueves, 5 de marzo de 2026

Angel

Se llama Ángel. Y no pude evitar pensar en lo extraño que es eso.

Porque llegó a mi vida tratándome bien. Cuidándome.
Preguntándome cómo estoy. Prestando atención a detalles que durante mucho tiempo parecieron no importarle a nadie.

A veces me escribe solo para saber si comí. O si dormí bien. O si tuve un buen día.

Y en esos momentos siento algo raro… como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada.

Porque Ángel tiene algo suave. Algo paciente. Algo que no empuja, que no exige, que no lastima. Y entonces entiendo por qué su nombre me hace tanto ruido. Porque parece, de alguna forma, un pequeño ángel que apareció en medio de mi historia.

Pero hay algo que él no sabe. Hay un lugar dentro de mi corazón que todavía está vacío.
Un lugar que tiene nombre. Alex.

Y lo más extraño de todo es que ese vacío sigue ahí incluso cuando alguien me trata bien. Incluso cuando alguien me mira con ternura. Incluso cuando alguien parece querer quedarse.

Es difícil explicar lo que se siente. Porque desde afuera podría parecer que la vida me está dando otra oportunidad. Que alguien bueno llegó. Y tal vez sea verdad. Pero el corazón no funciona como una puerta que se cierra y se abre para alguien nuevo. A veces es más parecido a una casa después de una tormenta.

Las paredes siguen en pie. Pero hay ventanas rotas. Cosas fuera de lugar. Silencios que todavía no saben cómo volver a llenarse. Y hay algo más. Algo que casi nadie sabe.

Antes de que todo se rompiera, yo le hice una promesa a Alex. Un juramento silencioso.

Le dije que lo iba a esperar. Que cuando él volviera… yo iba a seguir ahí. Que iba a darle el tiempo que necesitara para arreglar lo que había roto entre nosotros. Y a veces me pregunto si fui ingenua por prometer algo así.

Pero hay promesas que uno no hace con la cabeza. Las hace con el corazón. Y el corazón, incluso cuando está roto, sigue tomándolas en serio. Entonces pasa algo extraño.

Un ángel aparece en tu vida… mientras vos todavía estás cumpliendo una promesa hecha a alguien que ya no está. Y yo no sé cuánto tiempo se espera a alguien que te rompió el corazón. No sé si las promesas sobreviven a las heridas.

Solo sé que hay un ángel que me trata con una ternura que no conocía… y un vacío dentro mío que todavía tiene nombre.

jueves, 19 de febrero de 2026

Espero que sepas comprender.

Hay una frase que me quedó resonando más que todas las demás:

“Espero que sepas comprender.”

La leí varias veces. No por lo que decía. Sino por quién la decía.

Comprender. Qué palabra tan noble. Tan adulta. Tan elevada.

Y qué irónica cuando viene de alguien que fue quien rompió lo que ahora me pide que entienda.

No me pide perdón. No me pregunta cómo estoy. No reconoce el daño. Me pide comprensión.

Es curioso cómo, a veces, la persona que hiere se posiciona después como la que necesita calma, madurez, distancia respetuosa.

Como si el dolor fuera un malentendido. Como si la herida fuera una exageración emocional. Como si todo pudiera ordenarse con una frase bien escrita.

“Espero que sepas comprender.” Comprender qué exactamente.

¿Que su vida siguió? ¿Que tomó decisiones? ¿Que ahora quiere cerrar prolijamente algo que para mí fue un quiebre?

Hay una asimetría muy grande en pedir comprensión desde el lugar de quien ya está del otro lado del puente. Porque comprender no es lo mismo que sanar. Y yo todavía estoy sanando lo que él ya archivó.

No es que no entienda. Entiendo todo. Entiendo que eligió. Entiendo que avanzó. Entiendo que quiere distancia. Lo que no puedo hacer es neutralizar el impacto de lo que eso generó en mí. La comprensión no es anestesia.

No es decir “está bien” cuando no lo está. No es aceptar una versión prolija de una historia que fue caótica. No es reducir un corazón roto a una cuestión de perspectiva.

Hay una ironía enorme en que quien rompió algo me pida a mí que sea la que comprenda.

Como si el dolor tuviera que ser también elegante. Como si la herida tuviera que ser madura. Como si la respuesta correcta fuera agradecer el cierre. Tal vez algún día pueda comprender desde un lugar más liviano.

Pero hoy comprender no significa justificar. Y no significa minimizar. Hoy comprender es simplemente reconocer esto: yo estoy viviendo las consecuencias de decisiones que no tomé.

Y no, todavía no puedo envolver eso en calma. No porque no sea madura. No porque no entienda. Sino porque hay daños que no se resuelven con una frase correcta al final.


Nuestra cita.

Existe un momento del día en que el silencio cambia de forma. Deja de ser ese ruido sordo en el pecho y se convierte en una certeza. La cert...