sábado, 1 de agosto de 2026

No seas boludo

Si la querés, andá. 

Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta.

Pero andá.

Porque hay personas que no se van porque dejaron de amar. Se van porque se cansaron de esperar que las elijan. Y un día, cuando mires su foto y sientas ese vacío insoportable en el pecho, no digas que el tiempo fue cruel.

El tiempo no hizo nada. La viste irse. Y no moviste un solo músculo para detenerla.

No estoy hablando de insistir donde te dijeron que no. Hablo de hablar antes de que sea tarde. De pelear por lo que vale mientras todavía existe la posibilidad de abrazarlo.

Porque después llegan las frases que empiezan con "si hubiera..."

Si hubiera ido. Si hubiera llamado. Si hubiera dicho lo que sentía. Si hubiera tenido cinco minutos más de valentía. Pero los "hubiera" no abrazan a nadie.

No besan. No construyen hogares. No devuelven personas. Así que, boludo...

Si todavía la querés, andá a buscarla. Decile que la extrañás. Decile que te equivocaste. Decile que tenés miedo.

Las personas no necesitan héroes; necesitan honestidad. Y si te dice que no, al menos vas a poder dormir sabiendo que hiciste todo lo que estaba en tus manos.

Pero si nunca vas...

Vas a pasar años inventando conversaciones que jamás ocurrieron, imaginando una vida que nunca existió y preguntándote cómo habría sido despertar al lado de la única persona por la que valía la pena tragarse el orgullo.

No dejes que el amor de tu vida termine siendo una anécdota que contás empezando con: "¿Sabés qué pasa? Nunca me animé."

Porque, a veces, el gesto más romántico del mundo no es escribir un poema. Es tocar el timbre.

Es decir: "No quiero perderte."

Y esperar la respuesta con el corazón temblando.

La calma del amor

Prometeme que, si un día me da miedo el amor y empiezo a huir, me vas a recordar que con vos no tengo que esconderme.

Voy a hacer chistes para disimular que me gustas muchísimo, teneme paciencia, es mi forma torpe de bajar las defensas. 

Me gustas por qué tenés esa clase de mirada que hace que quiera contar verdades que escondería hasta de mi misma.

Sos un peligro, me haces imaginar domingos de cama con pelis, y yo siempre fui más de despedidas y resacas.

No quiero que me prometas para siempre, quiero que cada vez que puedas irte, elijas quedarte.

Antes confundía intensidad con amor, después llegaste y entendí que la calma también puede hacerte temblar las piernas. 

Lo más sexy que hiciste no fue tocarme, fue tratarme con cuidado.

No quiero asustarte pero prepárate para escucharme escribirte textos mientras me fumo un pucho en la ventana y me hago la poeta maldita. 

Voy a ponerte nervioso a propósito, solo para después sentarme en tus piernas y hacer como si yo no hubiera provocado el incendio.

Me da miedo por qué siempre sentí las cosas demasiado fuerte. Voy a escribir muchísimo, perdón, es inevitable. Hay personas que se convierten en poesía a penas llegan. 

Pensaba que los domingos eran solo una habitación hasta que empecé a imaginar tu risa haciendo eco.

Sos esa clase de problema por la que vale la pena llegar tarde a todo.

Si supieras la de poemas que llevan tu nombre escondido bajo entre líneas. Me siento vulnerable sin que parezca una derrota. 

Que raro eso de encontrar ternura entre tanta ruina emocional.

viernes, 17 de julio de 2026

Quizás nunca pase.

Hay personas que uno deja ir. Y hay otras que, aunque ya no estén, siguen habitando un rincón de la esperanza.

Pasó el tiempo. Hice lo que se supone que hay que hacer: seguí adelante. Trabajé, conocí gente nueva, aprendí a reír otra vez. La vida, por afuera, no se detuvo nunca.

Pero hay algo que el tiempo no supo hacer.

Todavía hay una parte de mí que espera que Alexander vuelva. No para empezar de nuevo. Ni siquiera para recuperar lo que fuimos. Solo para hacerse cargo de lo que rompió.

Porque hay heridas que no duelen por el abandono, sino por el silencio que vino después. Por la ausencia de un "perdón", de una explicación, de ese mínimo acto de valentía que implica mirar el desastre que uno dejó en otra persona.

Dicen que nadie nos debe un cierre. Quizás sea verdad. Pero el corazón no entiende de teorías. El corazón insiste en imaginar esa conversación que nunca ocurrió, ese abrazo que llegó tarde, esas palabras capaces de acomodar, aunque sea un poco, las ruinas.

Y lo peor es que la esperanza no siempre hace ruido. A veces se disfraza de costumbre. De repente escuchás una canción y pensás en él. Pasás por una calle y lo imaginás doblando la esquina. Mirás el teléfono sabiendo que no va a sonar, pero una parte de vos sigue creyendo que algún día aparecerá.

No porque necesite volver a amarlo.

Sino porque necesito creer que el hombre que destrozó mi corazón también es capaz de reconocer que lo hizo.

Quizás nunca pase.

Quizás el tiempo no cure todas las heridas; simplemente nos enseñe a convivir con ellas.

Y aun así, hay noches en las que sigo deseando lo imposible: que Alexander toque la puerta, no para pedirme otra oportunidad, sino para devolverme la paz que se llevó cuando decidió irse sin reparar el daño.

Porque hay amores que terminan.

Y hay despedidas que nunca terminan de suceder.

martes, 9 de junio de 2026

La chica del proceso.

Hay días en los que siento que fui una estación y no un destino.

Esa persona llegó a mi vida con las valijas desordenadas, con heridas que todavía sangraban, con miedos que no sabía nombrar y con una versión de sí misma que todavía estaba incompleta. Y yo me quedé. Escuché. Comprendí. Tuve paciencia. Le enseñé, sin proponérmelo, que el amor podía ser tranquilo, que una conversación podía resolver más que un silencio, que alguien podía elegir quedarse incluso cuando era difícil.

Y después se fue.

A veces pienso que existe una tristeza muy particular: la de ser la chica del proceso. La que acompaña la transformación, la que sostiene mientras todo está roto, la que ayuda a reconstruir los pedazos. La que ve cómo alguien aprende a amar mejor, a comunicarse mejor, a valorar mejor. Pero que no llega a disfrutar de ninguna de esas versiones nuevas.

Porque el resultado siempre parece pertenecerle a otra persona.

Y entonces aparecen las fotos. Las sonrisas. Los gestos que antes no existían. Las promesas que antes parecían imposibles. Y duele preguntarse por qué aquello que costó tanto construir junto a vos termina siendo entregado tan fácilmente a alguien más.

Duele sentir que fuiste el borrador de una historia que otra persona terminó publicando. Que fuiste la práctica antes del examen. Que fuiste el capítulo que todos necesitan leer para entender el final, pero que nadie recuerda cuando llega el momento de celebrar.

Lo sé. Sé que las personas no cambian únicamente por una sola persona. Sé que cada uno es responsable de su propio crecimiento. Pero también sé que hay huellas que quedan. Conversaciones que enseñan. Amores que transforman. Y es difícil no sentir una punzada cuando descubrís que parte de lo que hoy ofrece a alguien más nació en los días que compartió con vos.

La chica del proceso rara vez recibe el aplauso. Recibe las dudas, las inseguridades, los errores y los intentos fallidos. Recibe la versión que todavía está aprendiendo. Y cuando por fin esa persona entiende cómo hacerlo mejor, a veces ya no está a su lado.

Quizás la parte más triste no sea que se haya ido. Quizás la parte más triste sea preguntarse si alguna vez alguien hará por mí lo que yo hice por otros. Si alguna vez dejaré de ser el puente para convertirme en el lugar al que alguien quiere llegar. Porque cansa ser siempre quien enseña.

Cansa ser siempre quien espera.

Cansa mirar hacia atrás y descubrir que ayudaste a florecer jardines en los que nunca pudiste quedarte.

Pero aun así, hay algo que intento recordar cuando la tristeza aprieta: las personas que pasan por nuestra vida se llevan cosas de nosotros, sí. Aprenden. Cambian. Crecen. Pero nosotros también.

Y aunque hoy duela sentirme la chica del proceso, tal vez todavía no conozco a la persona que llegará cuando mi propio proceso termine.

Tal vez algún día alguien encuentre la versión de mí que sobrevivió a todas estas despedidas y decida quedarse para ver el resultado.

viernes, 5 de junio de 2026

Querido diario.

Querido diario, hoy no pensé en Alex.

No pensé en él cuando sonó una canción que antes me habría hecho detener todo para escucharla con el corazón apretado.

No pensé en él cuando miré el teléfono y no encontré ningún mensaje suyo.

No pensé en él cuando pasé por lugares que todavía guardan ecos de conversaciones, risas y promesas que ya no sé si existieron de verdad o si las inventé para sobrevivir a su ausencia.

Hoy no pensé en Alex. O al menos eso intenté decirme.

Porque la verdad es que pensé en él cuando me desperté y tardé unos segundos en recordar que sigue sin estar. Pensé en él cuando tomé un café sola. Pensé en él cuando algo me hizo reír y sentí el impulso automático de querer contárselo. Pensé en él cuando el día se puso gris y también cuando salió el sol.

Pensé en él en todos esos pequeños espacios donde antes estaba su nombre. Y me di cuenta de algo extraño: ya no duele exactamente igual.

No es que haya desaparecido el dolor. Sigue ahí. Sigue apareciendo sin avisar, como una vieja herida que recuerda que existe cuando cambia el clima. Pero ya no ocupa toda la habitación. Ya no consume cada pensamiento. Ya no es el único idioma que habla mi corazón.

Hay momentos, cada vez más largos, donde vuelvo a ser yo. La chica que escribe. La que imagina. La que se ríe de cosas absurdas. La que sueña proyectos imposibles. La que ama las historias, las serpientes de Slytherin, los diseños a medio terminar y las ideas que aparecen a las tres de la mañana.

Y entonces pasa algo que todavía me cuesta aceptar: la vida continúa incluso cuando una persona se va. No porque deje de importar. No porque el amor haya sido mentira. Sino porque el tiempo, obstinado y silencioso, sigue avanzando aunque una parte de nosotros quiera quedarse esperando en la misma estación. Hoy no pensé en Alex.

Mentira. Pensé en él. Pero también pensé en mí.

Y después de tanto tiempo, eso ya es algo. Quizás incluso sea el comienzo de algo que todavía no sé nombrar. Porque entre todos los pensamientos que me dejó su ausencia, de a poco empieza a aparecer uno nuevo:

¿Qué pasa si algún día mi historia vuelve a tratarse de mí?

jueves, 4 de junio de 2026

Ya no quiero sanar.

Ya no quiero ser la persona que aprende la lección. No quiero escuchar que todo pasa por algo, ni que el tiempo acomoda las cosas, ni que algún día voy a agradecer lo que viví. Hoy no.

Hoy estoy cansada de ser la que junta los pedazos.

Porque mientras yo aprendía a convivir con el vacío, con las preguntas sin respuesta y con este dolor que parece haberse instalado en mi pecho como un huésped permanente, él siguió adelante. Como si nada. Como si las ruinas que dejó atrás no existieran.

Y hay algo profundamente injusto en eso. Lo que yo quiero es algo mucho más simple.

Quiero que un día entienda. Que una noche no pueda dormir porque recuerde exactamente lo que hizo. Que una canción le devuelva un recuerdo que preferiría olvidar. Que alguien le rompa el corazón con la misma facilidad con la que él rompió el mío. Que experimente esa sensación de buscar a alguien que ya no está.

No porque disfrute del sufrimiento ajeno. Sino porque hay dolores que solo se comprenden cuando se atraviesan. Estoy cansada de que me pidan que sane. De que me pidan que sea mejor persona. De que me pidan comprensión para quien no tuvo comprensión conmigo.

Quizás algún día vuelva a desear paz. Pero hoy deseo equilibrio. Deseo que el universo lleve la cuenta de todas las lágrimas que derramé en silencio. De todas las veces que tuve que fingir que estaba bien. De cada madrugada en la que sostuve un corazón que ya no daba más. 

Y entonces, cuando llegue el momento, que el karma haga lo que yo no puedo hacer. Que le muestre el tamaño exacto de la herida que dejó. Que le enseñe aquello que nunca quiso aprender. Y que, por una sola vez, sea él quien tenga que cargar con el peso de las consecuencias.

Porque hay noches en las que no quiero sanar. Quiero venganza, lenta y dolorosa. Hay noches en las que solo quiero creer que el dolor no se pierde. Que en algún lugar queda registrado. Y que tarde o temprano, encuentra el camino de regreso hacia quien lo sembró.

martes, 26 de mayo de 2026

No entiendo cómo no te duele.

Hay personas que tienen la capacidad de irse sin mirar atrás. Como si el daño que dejaron fuera apenas una puerta cerrándose. Como si uno pudiera apagar un vínculo igual que se apaga una luz antes de dormir.

Y yo no entiendo cómo se hace eso.

No entiendo cómo alguien puede estar allá afuera jugando a Romeo y Julieta, riéndose, compartiendo comidas, viviendo escenas de película, mientras del otro lado hay una persona intentando sobrevivir al incendio que dejaron sus manos.

Porque hay dolores que no se ven. No hacen ruido. No aparecen en fotos ni en historias de Instagram. Pero existen. Y arden. Arde despertarse y recordar. Arde mirar el celular esperando algo que no llega.

Arde sentir que para el otro todo siguió normal mientras vos seguís acomodando los pedazos de algo que rompieron entre dos, pero que terminó doliéndole solo a uno.

Creo que lo más cruel no es solamente que te lastimen. Lo más cruel es que puedan seguir adelante sin siquiera detenerse a pensar en las consecuencias de lo que hicieron. Sin imaginar las noches sin dormir. La ansiedad en el pecho. La tristeza pegada al cuerpo como humedad.

Sin saber que dejaron a alguien cuestionándose su valor, su forma de amar, incluso su propia realidad. Y mientras ellos viven la versión romántica de la historia, uno se queda acá, sosteniendo el lado que nadie quiere mirar: el duelo, el vacío, el silencio.

A veces me pregunto si realmente saben el impacto que tienen sobre las personas que aman.

O si, simplemente eligen no mirar.

domingo, 24 de mayo de 2026

La espera nunca termina.

Creí que si escribía el dolor con suficiente honestidad, ibas a venir.

Creí que si dejaba mi tristeza expuesta, abierta como una herida sobre la mesa, algo en vos se iba a mover. Que ibas a leerme y reconocerme en el fondo de todo eso. Que ibas a entender que todavía te espero en lugares donde ya no tendría que esperarte.

El otro día te dejé una cita escondida entre palabras. Un “vení a verme” disfrazado de texto de blog. Y hoy te vi en otra parte. Comiendo locro, riéndote, compartiendo la tarde con ella y con tu amiga, mientras yo sigo acá, sobreviviendo días que pesan demasiado.

Y entonces entendí algo horrible: el dolor no siempre llama de vuelta a las personas.

A veces una escribe desde el fondo del pecho pensando que la tristeza puede funcionar como un puente. Como una señal de humo. Como una última prueba de amor. Pero hay gente que puede leer tu angustia y aun así seguir con su vida.

Y eso destruye.

Porque yo no quería que vuelvas solamente por amor. Quería que vuelvas para poder sanar. Necesitaba mirarte una vez más y encontrar alguna explicación que calmara este vacío constante. Porque vivir extrañando así cansa. Cansa despertarse con ansiedad, revisar redes buscando señales, interpretar silencios, imaginar escenarios donde todavía queda algo por salvar.

Cansa sentir que el corazón quedó detenido en alguien que ya siguió adelante.

Lo más triste es que todavía hay una parte de mí que espera. Una parte que sigue creyendo que quizás aparezcas después de leer esto. Que quizás entiendas que detrás de cada palabra hay una persona que se está rompiendo en silencio.

domingo, 17 de mayo de 2026

Nuestra cita.

Existe un momento del día en que el silencio cambia de forma. Deja de ser ese ruido sordo en el pecho y se convierte en una certeza. La certeza de que las palabras que nos guardamos pesan más que las que dijimos, y que hay diálogos que no se pueden terminar de armar en la cabeza, ni a través de una pantalla que titila en la oscuridad.

Sé que volvés acá. Lo sé porque el cuerpo percibe las ausencias que todavía orbitan cerca, como si dejaras un rastro invisible cada vez que mirás desde el otro lado del vidrio. Pero mirar de lejos no cura el ruido de fondo.

Por eso esta vez no quiero escribirle al vacío. Si estás ahí, si todavía leés esto, te pido que dejes de esconderte en el anonimato y vengas a verme. Necesito que tengamos esa conversación de frente, escuchar las explicaciones que quedaron pendientes para poder ponerle palabras a este dolor. Para entender por qué fuiste tan cruel, y por qué mi dolor no valió nada. 

Pongamos una tregua a la distancia. Mi casa está llena de banderas blancas. La cita? 24/05, 21 hs. Dónde siempre. 

Solo hace falta que te animes a tocar la puerta.

viernes, 15 de mayo de 2026

Lo que queda después del sismo.

Hace poco hablé de un deseo de cumpleaños, de velas prendidas en el silencio de la noche y de esa esperanza terca que se niega a morir. Hablé de esperar que alguien cruce la puerta. Hoy, con los días un poco más fríos y la rutina encima, me doy cuenta de que esa espera no se pasa tan rápido. No hay un botón de reinicio que borre el dolor de golpe.

A veces la gente habla de la superación como si fuera un camino recto. Te dicen que te enfoques en tus proyectos, en tu carrera, en tus cosas. Y yo lo hago. Trabajo horas frente a la pantalla, diseño, le doy forma a mis ideas, avanzo y le pongo el cuerpo a los días. Mi mundo creció, es verdad, y estoy orgullosa de las cosas que estoy logrando por mi cuenta. Pero mentiría si dijera que el éxito profesional llena todos los vacíos. En el fondo, en ese espacio que aparece cuando se apaga la luz de la computadora, la ausencia sigue estando ahí, latente. 

Es una sensación extraña. Es saberse fuerte para armar una vida nueva, pero al mismo tiempo sentir la frustración de tener que juntar los pedazos de algo que yo no rompí. Porque madurar también es convivir con esa contradicción: la de seguir adelante con los días mientras una parte tuya todavía espera que quien causó el daño regrese a arreglarlo. Esperar un reconocimiento, una explicación, o simplemente que se haga cargo del desorden que dejó al irse.

A veces me pregunto si el que mira desde afuera, el que se asoma a mi vida de reojo o me lee en el silencio de la madrugada, entiende lo que cuesta sostener esta estructura. Si sabe que detrás de cada diseño nuevo, de cada logro y de cada paso hacia adelante, todavía hay una herida que escuece. Que el hecho de que pueda seguir caminando no significa que no me duela la forma en que se rompieron las cosas. El tiempo pasa, y si, todavía duele.

No sé si los deseos de cumpleaños tienen fecha de vencimiento. Tampoco sé si el tiempo realmente lo cura todo o si solo nos acostumbra al peso. Lo único que sé es que sigo acá, lidiando con la paradoja de construir un presente hermoso, mientras sostengo, con la otra mano, la memoria de lo que pudo haber sido. Esperando, muy en el fondo, que las cosas que se rompieron encuentren alguna vez su propia justicia.

jueves, 7 de mayo de 2026

Un deseo de cumpleaños

Se acerca mi cumpleaños. Y mientras todos me preguntan qué quiero, yo ya sé la respuesta hace meses. No necesito ropa nueva, ni cenas, ni regalos envueltos con moños prolijos. Yo solo quería una cosa. Que vuelva él.

Hasta le prendí una vela a mi abuelo. Como cuando era chica y creía que las personas que amamos, incluso después de irse, todavía podían escuchar nuestros pedidos bajitos. Le hablé en silencio, con esa mezcla rara entre fe y desesperación. Y le pedí un solo deseo. Él.

Porque a veces el amor te deja así: negociando con el universo. Buscando señales donde no las hay. Pensando que quizá, si deseás lo suficientemente fuerte, alguien puede regresar.

Y es extraño sentirme tan vulnerable a esta altura. Porque una parte de mí sabe que un cumpleaños debería tratarse de celebrar la vida, los amigos, los años vividos, las versiones de una misma que sobrevivieron a todo. Pero otra parte —la más honesta— sigue mirando la puerta como si todavía existiera la posibilidad de verlo aparecer.

Creo que hay algo muy humano en eso. En querer ser elegida por la persona que amás incluso cuando intentás convencerte de seguir adelante. En seguir guardando un espaciocito emocional “por las dudas”. Por si vuelve. Por si esta vez sí.

No sé qué va a pasar en unos días. No sé si mi deseo se va a cumplir o si voy a soplar las velitas intentando disimular el vacío. Pero sí sé algo: amar a alguien al punto de pedirlo como deseo de cumpleaños cambia la forma en la que una entiende el amor. Porque ya no se trata solo de romanticismo. Se trata de ausencia. De esperanza.

De esa tristeza suave que se instala en el pecho cuando alguien importante ya no está, pero todavía vive en todos tus pensamientos cotidianos. Y quizás crecer también sea esto. Aceptar que hay deseos que no dependen de una vela, ni del destino, ni de cuánto amor tengamos adentro.

Aunque, muy en el fondo, siga deseando que vuelva él

sábado, 25 de abril de 2026

Un ruido en el pecho.

Existe una forma del silencio que no es ausencia, sino ruido.

Un murmullo constante, como una radio mal sintonizada en el pecho. No se apaga nunca. Está ahí, incluso cuando sonrío, incluso cuando logro distraerme un rato. Siempre vuelve.

Te extraño así. Como algo que no irrumpe, pero tampoco se va.

A veces pienso que lo más triste no es que no estés, sino la espera. Ese gesto casi automático de mirar el celular, como si en cualquier momento fueras a aparecer. Como si hubiera todavía una parte de la historia que no leímos. Pero el mensaje no llega. Y en esa ausencia se arma todo un diálogo imaginario que nunca sucede.

Es raro cómo el cuerpo entiende antes que la cabeza.
Porque hay días en los que sé, con claridad, que no vas a volver. Que no hay nada más. Y sin embargo, el pecho insiste. Late distinto. Se contrae un poco más. Como si guardara una esperanza que yo ya no puedo sostener.

Extrañar es eso: un ruido de fondo que no pide permiso, una tristeza suave pero persistente,
una forma de seguir hablando con alguien que ya no está.

Y lo más difícil no es dejar de escucharlo…
es aprender a vivir con ese sonido sin que me rompa.

martes, 7 de abril de 2026

Te amo, como ahora.

Ayer soñé con vos. No con un abrazo, ni con un encuentro de esos que me invento despierta.

Soñé con algo más chico. Más simple. Más peligroso. Un mensaje.

Decía: “te amo como ahora”. Y me quedé ahí, incluso después de despertarme. Dándole vueltas a esas cuatro palabras que no terminan de ser promesa ni tampoco despedida.

Porque yo siempre quise que me dijeras que me amás. No así. No a medias. No en condicional. Quería ese “te amo” entero, claro, sin bordes borrosos.

Pero vos… vos lo dijiste una vez. En persona. En el medio de otras cosas, como si se te hubiera escapado, como si no te hubieras dado cuenta del peso que tenía para mí. Y ahora esto.

“Te amo como ahora”.

¿Como ahora, cómo? ¿Como podés? ¿Como te sale?¿Como te alcanza?

Y entonces aparece la duda, inevitable, incómoda: ¿Ese “ahora” es todo lo que hay? ¿Es su forma de amar? ¿O es lo que le queda de amor para darme?

Porque hay amores que llegan completos, y hay otros que vienen con partes faltantes, como si alguien los hubiera usado antes y los dejara sobre la mesa para que otro vea si le sirven.

Y no sé… no sé si quiero que me amen así. No porque no alcance. Sino porque yo sí sé cómo amo cuando amo.

Y no se parece en nada a un “como ahora”.

Capaz ese sueño no era un mensaje tuyo, sino mío.

Una forma de entender, por fin, que no hay más de lo que ya vi. Que no hay un después escondido, ni un gesto pendiente, ni un micro que vaya a salir en mi dirección. Y entonces elijo.

No esperar a que cambie, no quedarme traduciendo silencios, no seguir haciendo espacio para algo que no crece.

Porque si el amor no se expande, se achica.

Y yo no quiero aprender a amar en versión mínima. Así que dejo que esto sea lo que es: un amor que existió, pero que no alcanza.

Y como no va a venir a buscarme, como no va a elegirme distinto, me toca a mí hacer lo único que queda: dejarlo morir.

domingo, 5 de abril de 2026

Quiero.

Hay algo profundamente simple en todo lo que quiero con vos. Y quizás por eso duele tanto.

No estoy pidiendo grandes historias ni promesas imposibles. Solo quiero lo cotidiano. Lo mínimo. Lo real.

Quiero tirarme con vos a ver películas, de esas que a mitad dejamos de mirar porque nos distraemos hablando o riéndonos de cualquier cosa.
Quiero despertarme y hacer el desayuno, sin apuro, sin planes, solo compartiendo el silencio cómodo de estar juntos.
Quiero tomar mate en una plaza, sentir el sol, y que no importe quién mire, porque no habría nada que esconder.

Quiero no tener que medir cada gesto. No tener que disfrazarme de alguien que no soy si nos cruzamos en público. Quiero poder acercarme sin dudar. Abrazarte sin pensar. Quiero poder decirte que te amo… y que no sea un secreto.

Y también quiero algo más. Algo que no es cotidiano, pero que para nosotros lo cambiaría todo.

Quiero que te subas a un micro. Que vengas.
Que, por una vez, te la juegues por nosotros.

No como un gesto grandioso, sino como una decisión.
Como una forma de decir “sí, esto vale la pena”.

Porque yo ya sé todo lo que podríamos ser.
Lo veo en cada cosa simple que imagino con vos.
Pero no alcanza con imaginarlo sola.

Y lo más difícil de todo es que no son cosas imposibles.
Son cosas que existen. Que pasan todos los días.
Pero no para nosotros.

Entonces me quedo con estas ganas que no encuentran lugar. Con este amor que tiene espacio en mí, pero no en la realidad.
Y eso… eso es lo que más duele.

Porque no es falta de amor. Es falta de coraje para vivirlo.

jueves, 2 de abril de 2026

¿Nuestro?

A veces los lugares no son lugares. Son recuerdos que siguen respirando.

Vine a esta ciudad que tanto amo, mi lugar en el mundo, y sin embargo hoy se siente distinto. No porque haya cambiado —las calles siguen siendo las mismas, el aire tiene ese olor que reconozco con los ojos cerrados— sino porque falta algo. O alguien.

Hace poco más de dos semanas estabas acá. En esta misma cocina, apoyado contra la mesada, compartiendo una birra como si el tiempo no hubiera pasado.

En esta misma cama, donde los abrazos parecían alcanzar.

Y ahora estoy sola. Y no es una soledad dramática, de esas que rompen. Es otra cosa. Es más silenciosa. Más sutil. Como un eco.

Miro los espacios y no puedo evitar superponer escenas: lo que es y lo que fue hace tan poco. Como si el presente todavía no terminara de imponerse. Como si todo siguiera un poco impregnado de vos.

Es raro cómo funciona esto.

Cómo alguien puede irse y, sin embargo, quedarse en los rincones. En los objetos. En los gestos que ya no están pasando pero que mi cuerpo recuerda igual.

Hay algo triste en eso, sí. Pero también algo profundamente vivo.

Porque quiere decir que fue real. Que lo que pasó dejó marca. Y aunque hoy estos espacios me pesen un poco, sé que también son míos. Que antes de vos ya me abrazaban, y que de a poco van a volver a hacerlo sin doler.

Mientras tanto, camino despacio. Como quien aprende a habitar de nuevo un lugar que nunca dejó de ser suyo, pero que ahora tiene otra historia latiendo adentro.

martes, 31 de marzo de 2026

No sé que título va acá.

Hay ausencias que no son silencio. Son otra cosa.

Como una radio prendida en una frecuencia que no existe, donde no hay música ni voces, pero tampoco hay paz. Ese ruido blanco que no se apaga, que se mete en el fondo de todo lo que hacés. Así te extraño.

No es un extrañarte que interrumpe, que grita, que exige. Es más sutil. Más constante. Está cuando me cepillo los dientes, cuando camino sola, cuando alguien me habla y por un segundo me desconecto. Está incluso cuando creo que no.

Es raro, porque no te pienso todo el tiempo. Pero te siento. Como ese zumbido eléctrico que no sabés de dónde viene, pero sabés que está ahí.

Le decía a mi psicóloga que no es tristeza exactamente. Es una especie de incomodidad emocional. Como si algo en mí estuviera desintonizado desde que no estás. Como si hubiese perdido la estación correcta y ahora todo fuera interferencia.

Y lo más difícil no es el ruido. Es no poder apagarlo.

Porque apagarlo sería dejar de esperarte en algún rincón mínimo de mí. Y todavía no estoy lista para eso.

Entonces convivo con esta frecuencia fantasma, con esta presencia que no es presencia, con este vacío que hace ruido.

Y te extraño así: no como algo que falta, sino como algo que sigue estando, pero ya no llega.

domingo, 29 de marzo de 2026

Si fuera fácil...

“Vos tenés muchas ganas de amar a alguien.”

La dijo mientras yo lo abrazaba, mientras le decía —sin filtro, sin defensa— que lo amaba. Y en ese instante sentí cómo algo de lo que era tan claro para mí, para él se volvía duda. Como si lo que yo sentía necesitara explicación, o peor, corrección.

Pero no. No era eso.

Porque si se tratara solo de ganas, la historia hubiera sido mucho más simple. Me hubiera quedado donde era fácil. Donde me querían bien, donde había cuidado, donde todo era correcto. Me hubiera quedado con esa persona que hacía todo lo que se supone que alguien tiene que hacer: estar, acompañar, elegir. Pero no pude.

Porque hay algo que no se puede forzar, ni construir a voluntad, ni inventar por conveniencia. Hay amores que simplemente no nacen, por más que todo alrededor esté dado para que sí. Y fingirlos… es una forma de traición demasiado silenciosa.

Así que me fui. Me fui de lo seguro, de lo posible, de lo que “debería haber sido”, porque no era verdad para mí. Porque el amor —el de verdad— no se sostiene con ganas. Se siente o no se siente.

Y lo que yo sentía… era por él.

Por eso duele tanto que lo haya reducido a eso. A una necesidad. A una especie de impulso vacío que podía haber llenado cualquiera.

No entendió que, justamente, si fuera tan fácil como amar a alguien, no estaría acá, sosteniendo esto que arde, que incomoda, que no siempre es correspondido… pero que es real.

Yo no tenía ganas de amar a alguien.

Yo lo amaba a él.

Y entonces lo extraño.

Hay días en los que todo pesa un poco más.

No pasa nada extraordinario: me levanto, hago lo que tengo que hacer, sigo. Pero en algún momento —siempre hay un momento— aparece su ausencia como un ruido de fondo que no puedo apagar. Como si el mundo siguiera girando igual, pero a mí me faltara una pieza.

Y entonces lo extraño.

Lo extraño en lo cotidiano, que es donde más duele. En las cosas que no se cuentan porque parecen mínimas: en una canción que sé que le gustaría, en un mensaje que no mando, en una risa que se queda a mitad de camino porque ya no tiene con quién compartirse. Lo extraño en lo simple, en lo que no se ve. A veces me pregunto si él también se siente triste por un mensaje mío que no llega.

Hay algo muy injusto en seguir con la vida cuando alguien te falta así. Como si el tiempo avanzara sin pedir permiso, obligándome a aprender a habitar un día a día donde él no está. Y no es que no pueda… es que no quiero acostumbrarme a eso.

Porque acostumbrarse sería, de alguna forma, soltarlo.

Y yo no quiero soltar lo que siento. No quiero que se vuelva pequeño, ni lejano, ni difuso. Aunque duela. Aunque a veces se haga cuesta arriba hasta lo más básico.

Extrañarlo también es una forma de tenerlo cerca. De sostener lo que fue, lo que es para mí, aunque no esté.

Pero hay días… como hoy… en los que pesa más.

Y lo único que quisiera es que, por un rato, el mundo se detenga lo suficiente como para que su ausencia no haga tanto ruido.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Días de cama.

Tenía 18 años, ilusiones, ingenuidades y una certeza que me desbordaba el cuerpo: estaba enamorada del amor de mi vida. No era una duda, no era un “tal vez”. Era eso. Era él. Y era ahora.

Me subí a un colectivo con el corazón en la garganta, con las manos temblando y una valentía que hoy no sé de dónde saqué. Trescientos cuarenta y siete kilómetros no eran distancia cuando una cree que el amor lo justifica todo. Yo iba a decirle lo que sentía, a ponerlo todo sobre la mesa, a dejar de callarme. Iba a cambiar la historia.

Pero la historia no cambió.

Lo tomé por sorpresa. Él no me amaba. Tenía otros compromisos, otra vida, otros tiempos que no eran los míos. Y yo, que había viajado con el alma abierta, tuve que volver con las palabras todavía latiendo adentro.

Después la vida hizo lo suyo. Nos siguió cruzando, como si quisiera insistir con algo que nunca terminaba de suceder. Nos encontramos en momentos distintos, siempre a destiempo. Él con alguien. Yo intentando construir otra cosa. Yo casándome. Yo rompiéndome. Yo volviendo a empezar.

Y en cada uno de esos encuentros había algo intacto, algo que no se había movido nunca del todo. Pero tampoco alcanzaba. Nunca alcanzaba.

Hasta que hace unos días pasó.

Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, me dijo eso que hace años había ido a buscar en un colectivo: Que me amaba.

Y yo, que imaginé tantas veces ese momento, no supe qué hacer con él. ¿El amor, aunque llegue tarde, es lo mismo?. Porque decirlo no es lo mismo que elegirlo.

Porque yo, a los 18, crucé kilómetros por él. Y hoy entiendo que cada uno ama como puede, como sabe, como le nace. Yo fui impulso, fui certeza, fui ese viaje sin garantías. Él, en cambio, fue silencio, fue cautela, fue quedarse. No hay deuda en eso. No hay reproche. Solo dos maneras distintas de habitar lo mismo.

Pero a veces, incluso cuando el amor es real, no alcanza si no camina en la misma dirección. Y entonces entendí que hay amores que son enormes, pero no suficientes. Que pueden ser verdaderos, pero no valientes. Que pueden sentirse para siempre… y aún así no elegirse.

Y eso —más que todo lo demás— es lo que duele.

lunes, 23 de marzo de 2026

Sin título

A veces pienso en lo poco que tuvimos… y en todo lo que en realidad quería. Que no se confunda, no reniego del pasado, intento aprender de el. 

Porque lo nuestro fue muchas cosas, pero nunca fue simple.

Nunca fue un “paso a buscarte”. Nunca fue un mate en una plaza con el tiempo de nuestro lado. Nunca fue caminar por las sierras sin apuro, sin pensar en cuándo termina.

En 15 años, nunca tuvimos una cita de verdad. Y sin embargo, nos quisimos. Nos queremos. 

De esa forma intensa que alcanza para marcarte, pero no para quedarse. Yo no quería tanto. O sí… pero distinto.

Quiero lo cotidiano. Reírme con vos sin que sea una excepción. Tu mano en la mía sin sentir que es un préstamo. Poder decirte que te amo sin calcular el momento.

Decírtelo porque sí. Porque me nace. Porque te estoy mirando y no hay nada más que agregar. A veces imagino esas escenas. Son tan simples que duelen.

Vos llegando. Un mate compartido. Una caminata cualquiera. Una vida que no se escapa. Y me pregunto en qué momento lo simple se volvió imposible para nosotros.

Porque no es falta de amor. Nunca lo fue. Pero tampoco fue elección. Y hay algo que se quiebra cuando entendés eso: que alguien puede amarte…y aun así no elegirte.

Yo, en cambio, siempre quise eso. No lo intenso. No lo que aparece y desaparece. Sino lo que se queda. Lo que se construye.

Lo que permite decir “te amo”, todas las veces que haga falta… sin miedo a que sea la última.

No seas boludo

Si la querés, andá.  Dejá el orgullo en la mesa de luz, apagá el teléfono, corré si hace falta. Pero andá. Porque hay personas que no se van...