sábado, 4 de junio de 2011

Los sueños, están hechos para dormir (Parte 3)

Lo abracé y el quedo sorprendido, no comprendía nada de lo que ocurría pero me abrazó también. ¿Y si el sí me quería?
Quise pensarlo tan solo unos minutos, mientras tomaba la decisión final…El amor es irracional, pensé, cuanto más quiere uno a alguien menos lógica tiene todo.
Y definitivamente, esto, estaba fuera de lo común.
De repente el tocadiscos comenzó a sonar (eso era algo que yo ya había planeado, no había fantasmas).
Él se sobresaltó y le dije que se tranquilizara que seguramente la traba estaba mal puesta, lo apagué.
No sé porqué él seguía allí. Mi plan no daba resultado, él tenía que alejarse de mí, pero no lo hacía.
Nada de lo que él hacía tenía sentido. Seguía cada una de las instrucciones que yo le daba, ¿Porqué?, me lo estaba poniendo cada vez mas difícil.
Usé mi último truco, debía funcionar, tenía que funcionar.
De repente todas las luces se apagaron, el asustado me soltó, y se escuchó un ruido.
Al encenderlas, él se encontraba desmayado en el suelo, se había golpeado la cabeza contra un mueble que no había visto debido a la oscuridad.
- ¡Dario! – le grité. Busqué hielo, y le coloqué un almohadón en la cabeza. ¿Y si estaba muerto?
No podría vivir con esa idea. Escuché su respiración. No, no lo estaba.
-¡Dario! – volví a gritarle, no despertaba. Comencé a sollozar, ¿y si le había hecho daño?
Sobresaltado se despertó.
Al verme se alejó de mí. Lo cual me asustó un poco, pero bueno, ¿era lo que yo estaba buscando no? Debía sufrir con eso. Y me preguntó que ocurría, y se miró el brazo, se había rasgado la camisa al caer y se había herido. Quise curarle pero se volvió a alejar.
Volvió a preguntarme qué ocurría. Le dije que había una falla eléctrica en la casa y que en la oscuridad se había caído.
- Debo irme – me dijo.
- Pero estás herido – le dije preocupada.
- No importa – Y se levanto, quise sostenerlo, ya que el golpe no le daba estabilidad. Pero no dejaba que lo tocara.
- Dejame curarte – le dije.
- No, tengo que irme – me dijo, su voz aterciopelada había desaparecido.
- Antes de irte, dime una cosa – le supliqué.
- Si – me dijo con tono seco.
-¿Hace cuanto estas casado? – y lo miré.
- ¿Casado? ¿Yo? Estoy soltero hace dos años, me separe tras la muerte de mi hijo. – me miro con extrañeza, y se tocó el brazo, le dolía. Y parecía no entender.
Se acomodó el saco y desapareció por la puerta dejándome a mi sentada en el suelo.
Al salir, una cajita se le había caído del bolsillo. La tomé y al abrirla una alianza de oro se hallaba en su interior, la cual en uno de sus costados tenía grabado “Florencia”.
Mire de nuevo la cajita, debajo de la almohadilla se asomaba un papel. Que decía algo así “No puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma, no puedo vivir sin vos”
Era una frase de mi libro preferido. ¿Cómo sabía él eso?
Mi vida se derrumbó. ¿Había cometido un error? ¿Quién era entonces la mujer? Quizás nunca lo sabría. Se había ido, para jamás volver. Me repondría de esto, quizás podría aprender vivir sin él pero jamás lo olvidaría.
Caí desmayada al suelo.
-¡Flor! ¡Flor! ¡Flor! – Me parecía escuchar a lo lejos, al abrir los ojos, mi mejor amiga estaba allí. Yo me encontraba en mi cama, con mi pijama puesto, ¿Cómo había llegado allí?
-¿Qué paso? ¿Y Dario? – Le pregunte a mi hermana con desesperación.
-¿Dario? ¿Quién es? Tenés fiebre, y por eso tuviste un mal sueño. – Mi amiga me miraba con extrañeza.
- No, era real, él era real – Mi amiga me alcanzó el vaso de agua.
- Flor, tuviste una pesadilla, tranquila.

Y allí estaba yo, queriendo convencerme de que todo había sido un simple sueño, que era demasiado bueno para ser real. Pero dentro de mí, algo me decía que Dario existía, y que él estaba allí afuera, esperándome.

Giro su cabeza con mucho esfuerzo, y pareció apreciar la silueta de una pequeña caja negra...

FIN

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